"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Alausí allá por los años 40

 Víctor H. Acuña,
Víctor H. Acuña,

Con el correr del tiempo, muchos nombres, muchos personajes, muchos sitios han salido o están a punto de salir de mi memoria. Hasta que antes que eso pase, y más bien para darme una satisfacción a mi mismo me he sentado frente a mi computadorcito y he empezado a teclear éstas palabras antes que se pierdan del todo, porque oigan se me ha ocurrido la peregrina idea de hacerlo a mis 84 años de vida, ja….ja….Bueno, vamos a ver hasta dónde puedo llegar.

 

"Narrada por Victor H. Acuña".

 

 

   Déjenme aclarar algo: ésta es una historia real. Esto es lo que de verdad pasó en una pequeña ciudad de la serranía ecuatoriana, donde me crié. Mi Alausí querido. Mejor dicho éste es el relato de los momentos que vivíamos en ése adorable sitio cada año para las fiestas de San Pablo y San Pedro. Los personajes que cito son reales, vivieron junto conmigo las emociones y vivencias de ésos días, la mayoría de ellos están muertos, y ya no me acuerdo los nombres de  muchos.

( CAPITULO 1 )

Todavía no habían llegado a Alausí los pesados aparatos de radio que informaban a los centros más avanzados como Guayaquil o Quito; de todas maneras de poco hubieran servido ahí pues sólo se tenía corriente eléctrica a partir de las 7 de la noche, y ésta era tan débil que a duras penas prendía los receptores, aun más Alausí está situado en un profundo valle formado en la cordillera oriental por el enorme cerro Gampala, en la occidental está el Vayamag, y al norte no es el Gonzaga? ahí difícilmente llegaban las ondas de radio vibrantes de noticias, con la primitiva tecnología de entonces.

Nevarez también era el encargado de traer las sacos de la correspondencia para la ciudad, venían las cartas esperadas ansiosamente por los tantos vacacionistas costeños que todavía estaban en Alausí, algunas cartas conteniendo el “girito” con el dinero para cubrir lo necesario para los pocos días que todavía los “monos” iban a permanecer en el pueblo. Pero la mayor parte de las personas reunida en la estación eran simples curiosos, que estaban ahí porque había poco que hacer en la soñolienta ciudad; llenaban el estrecho anden para ver y ser vistos y en cuanto el tren continuaba su recorrido hacia el norte se dispersaban. Aunque todavía muchos seguían al espigado señor Julio Moreno, el Jefe de Correos de la población, en una solemne procesión hasta la Oficinita de Correos situada arriba por la calle Ricaurte, llevando la o las sacas de correspondencia cargada/s por algún portador de los muchos siempre dispuestos a servir. En la estrecha oficina procedían el señor Moreno y su ayudante - no era éste uno de los muchos Robalito nacidos en Alausí?– a abrir lo recibido y disponer la correspondencia para ser procesada. Esto se tomaba unos 20 0 30 minutos bajo las ansiosas o curiosas miradas de las personas que llenaban el poco espacio que sobraba de la ventanilla hasta la puerta del local, y que lo rebosaban formando un grupito frente a él desafiando la tenaz llovizna que caía.

Finalmente don Julio con voz sonora y pausada empezaba a entonar los nombres de los recipientes de la correspondencia, no sin antes anunciar que iba a repetir los nombres solo una vez, que las personas tenían que estar atentas y prestamente hacerse presente si oían su nombre. La entrega de algún paquetito o dinero de un giro lo haría después de las cartas, lo advertía. Entonces con voz suficientemente alta para que aun los que estaban afuera lo oyeran procedía a decir: “carta para Rosa Lavayen….Rosa Lavayen. Para Carlos Cuesta….Carlos Cuesta. JH Robalito….JH Robalito. César Córdova….César Córdova” y así, sonora y pausadamente. El aludido César Córdova, si estaba presente - era uno de los “monos” vacacionando en Alausí - rápidamente gritaba: “aquí, César Córdova, ése soy yo” Entonces todavía el señor Moreno se aseguraba con una mirada de la identidad de César, porque él conocía a todo el mundo que recibía correspondencia que no eran muchos de todas maneras. La carta pasaba de mano en mano desde la ventanilla hasta el ansioso destinatario. A veces éste abría ahí mismo el sobre y hasta informaba de su contenido al grupito de curiosos amigos que lo rodeaba, de todas maneras no habían muchos secretos en Alausí, por lo menos no los estrictamente familiares. Ah….y que suerte la del Córdova, en la breve carta del papá contándole algunos chismecitos de la familia en Guayaquil y con los consabidos consejos, venía el recibo para que reclame la suma de ¡20 sucres! Cómo saltaba de alegría el “flacuchento mono”, abanicándose con el recibito que en contados minutos se convertiría en la pequeña fortuna, suficiente para muchos platos del rico “hornado” que él y el resto de los “monos” vacacionistas y unos contados “longos” locales, amigos todos, iban a disfrutar. Porque una cosa sí tenían los “monos”, eran generosos, gastaban sin cuidado los billetazos que los ricos papás les mandaban continuamente.

Es que Alausí se llenaba de familias costeñas que venían empezadito Enero y permanecían hasta después del Carnaval o la Semana Santa a principios de Abril. Venían para librarse del riguroso invierno en Guayaquil, y gozar del sano aire serraniego. Familias enteras, año tras año se presentaban ahí. Todo les convenía: Alausí no estaba sino a seis horas por tren desde Durán donde se lo cogía, muy conveniente para que los señores que se habían quedado atrás por sus trabajos o negocios, vayan una o dos veces a visitar a sus queridísimas esposas que se estaban dando el gusto de sus vidas en el sitio. Alausí tiene un clima inmejorable; cómo de flacos y “rangalidos” llegaban los “monos”, y a los pocos días ya estaban lozanos y “chapuditos” Alausí era sobre todo el lugar más barato que se podía dar, muertas de la risa pagaban las señoras costeñas por las carnes y frutas que compraban a precios irrisorios, y que ya estaban inflados al doble o el triple por las “vivísimas longas” vendedoras. Tan barato era todo que las millonarias señoras “monas” y las “avispadas cholas” a veces competían entre sí en los “cargos de conciencia” que les embargaba; las señoras se olvidaban del real y medio (15 centavos) que tenían de vuelto, total en Guayaquil estaban acostumbradas a pagar el doble por lo que habían comprado; las “cholas” compasivamente añadían dos o tres papas más o un puñado de alverjas al total de la compra “éle verááá….para que regrese la “caserita” donde mi la próxima semana” Ese era el “tira y jala” en la Feria de todos los Domingos en la plaza al aire libre, donde también uno se abarrotaba con un buen plato del suculento, doradito, tostadito, hornado; o de las tortillas de papa empapaditas con la crema de maní, reforzadas con las porcioncitas de longanizas caseras saladitas y frititas al punto, todo cubiertito por dos o tres huevos fritos, ah….y acompañado por un buen vaso de jugo helado, ya sea de naranjilla o de mora. El puesto de la señora Rosita Quishpe era el preferido por los “monos” para darse ésos banquetazos, claro, si hasta les fiaba. El verdadero trabajo para las señoras locales venía cuando las visitantes habían regresado ya a sus ciudades, ahora tenían que poner “en línea” a las “cholas” de la plaza para que regresen a los precios acostumbrados, quejándose de que “ésas “monas” ricachonas dejan mal acostumbradas a las “longas” de aquí, pero con nosotras no se van a abusaaars”....continuará..

 

 


     Yo pido, en forma especial a algún alauseño, uno de mi época, si tengo la suerte de que esté leyendo , que me corrija, que me ayude con los nombres de las personas y de los sitios de nuestra bella Alausí, les agradecería sobremanera. Por favor háganlo con algún mensaje a mi dirección de internet que es: vcocovic@comcast.net. Gracias.


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