"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Capitulo Final

Así terminó la gloriosa Fiesta de San Pedro con sus Corridas de Toros en mi querida Alausí, para el año 1939.

Narrada por: Victor H. Acuña

Domingo 2 de Julio, ay, el último día de las fiestas, se iba a terminar una semana completita de excitación, qué pena. De Julio hasta casi fin de año Alausí iba a entrar en un periodo soñoliento; para el 13 de Noviembre se despertaba algo con motivo de la celebración del Aniversario de su Independencia, después le seguirían los dulces días de Navidad y Año Nuevo. Pero para nosotros, los “guambritas” la espera hasta la Fiesta de Toros del próximo año íba a ser casi intolerable; tendríamos que conformarnos con los recuerdos de lo que habíamos vivido para ése San Pedro. Bueno, el día había amanecido nuevamente esplendoroso, como un digno marco para la despedida de la fiesta. La misa de Domingo ofrecida por el padre Estrella fué de lo más solemne, seguida por la pomposa procesión. Ahora también el batallón acantonado en la ciudad se hizo presente con un marcial desfile militar, qué emocionante era observar a esos 400 o 500 hombres marchar tan ordenadamente al son de los acordes de su banda militar, al mando de sus oficiales regiamente equipados como para entrar en combate, Con cuánto orgullo el pueblo observó a sus dos mejores guambras, los cadetes que habían venido a solemnizar las fiestas, marchar también con el destacamento militar, pues tenían que hacerlo como miembros que ya eran del ejército ecuatoriano. En realidad todos ésos días que permanecieron en Alausí tuvieron que reportarse cumplidamente al Comandante del Batallón, ellos estaban prestaditos nomás al pueblo, la disciplina militar los alcanzaba con su largo y rígido brazo.

 

El bendito Comité de Festejos nos tenía otra sorpresa, no se había olvidado de la población menor de Alausí, para él como que nosotros también éramos parte integrante de la ciudad, aunque no donantes ja…ja. Nos había preparado la famosa Carrera de Ensacados, ay Dios, después de las Vacas Locas no podían haber escogido nada mejor para agasajarnos. Las Carreras tuvieron lugar inmediatamente después del Desfile Militar, y no podían tomarse mucho tiempo pues enseguida se iba a dar el grandioso juego final de volleyball entre Alausí y Achupallas, de donde saldría el Campeón Cantonal que desde ya tenía apasionada a toda la ciudad, y más aun a los apostadores. Digo carreras porque en realidad fueron tres, para tres categorías de corredores, los de 9 a 10 años de edad, los de 11 a 12 y finalmente los de 13 a 14 años. Yo estuve entre los de la segunda categoría, muy cerquita de entrar en la tercera. Consistía el evento en correr dentro de un saco de yute por una distancia de acuerdo a la categoría, eran ésas bolsas de tejido burdo donde se empaca el arroz o el azúcar; el yute es una especie de fibra de un cactus, que es fuerte, y se lo puede tejer para formar un saco o bolsa donde se transporta el arroz o el azúcar y que resiste el manipuleo de los embarques. El Comité había adquirido suficiente sacas como para los 30 muchachos que participamos en las corridas. Tuvimos que introducirnos en los sacos que luego no los amarraron firmemente en la cintura, el propósito fue correr dentro del estrecho saco por una distancia predeterminada para cada categoría. Los bien pequeños corrieron como 15 metros, nosotros los medianos ha de haber sido unos 25, y los mayores siquiera 35. No era nada fácil correr metido en ése angosto saco, sin poder dar una zancada apropiada, es más se enredaba uno en el trayecto, cayendo y levantándonos continuamente para deleite de todo el mundo, nosotros los participantes y nuestros padres y amigos que nos animaban fervientemente a que sigamos y tratemos por lo menos de quedar en un lugar razonable entre los finalistas. Qué emocionante fue la Carrera. Con cuánto orgullo yo puedo decir y vanagloriarme ente mis hijos que yo también corrí una Carrera de Ensacados; quedé cuarto entre diez participantes, lo que fué un puesto bastante decente, me caí como dos veces pero llegué a la meta sudoroso, con la lengua afuera por el esfuerzo, pero completo. Los que arribaron primeros, segundos y terceros ganaron una medallita, que seguramente las han de guardar entre los logros más apreciados de sus años jóvenes. El Comité compasivamente nos dio un diplomita a los que quedamos cuartopara abajo hasta los décimos, con la constancia de que fuimos los magníficos corredores en un dificilísimo concurso, ja…ja. Tuvieron el buen tino de no olvidarse de ninguno de nosotros, hubiera sido una tragedia si lo hubieran hecho. Es un pedacito de papel ya amarillento por los años que para mi tiene el valor del tesoro nacional de los US. Es una experiencia de mi niñez que ha perdurado en mi alma con una marca indeleble. Gracias Alausí bendito por haberme proporcionado ésa felicidad, gracias bondadoso Comité por no haberte olvidado de mí.

 

Debe haber sido cerquita de las 12 del medio día cuando al fin se terminaron las tres Carreras de Ensacados, y el Comité procedió a repartir las medallitas y los diplomas a los más de 30 guambras sudorosos y felices que habíamos participado en ellas. La ceremonia fue algo breve, había apuro por terminar todo lo antes posible, aun nuestros padres estaban impacientes, la razón de todo es que ya debe haber hasta empezado el soberbio juego de volleyball entre Alausí y Achupallas, por el honor de ser el Campeón Cantonal. A toda prisa las personas negociaron el corto trecho entre La Avenida sitio de las Corridas y la cancha de volleyball adjunta al terreno que años después sirvió para edificar en él el Hospital Municipal, Todos esos terrenos cedidos generosamente por esa familia que tanta huella ha dejado en Alausí, la familia Cattani. Las personas habían hasta llevado sus propias sillas para poder observar más cómodamente el juego, recuerden que la cancha donde se efectuaba era un lugar abierto, sin graderías ni nada por el estilo, pero de todas maneras el Comité había dispuesto una fila de sillas al pie de la cancha para acomodar a sus invitados importantes, y por supuesto los grandes contribuyentes como el Carlitos Soria. Ahora Dios, cómo poner aquí en adecuadas palabras los momentos que se vivió en ese memorable juego; les digo, por la época de este relato: 1939, y yo creo que aun ahora, el volleyball estilo ecuatoriano es la pasión en ésas alturas, por lo tanto tratar de describir un juego en el que el ganador podía ser cualquiera de los dos contrincantes, está fuera de la capacidad de éste remedo de escritor para hacerlo. En mi memoria están aun frescas las imagines de las heroicas jugadas por las cuales la ventaja saltaba de lado a lado. Es que cuando el “volador” de un equipo captaba una bola normalmente imposible de agarrar, el “ponedor” se encargaba de hacer volar de verdad al “volador” contrario. Las gentes aplaudían, gritaban, se lamentaban, dirigían y creo que las señoras hasta lloraban en cada jugada. De una forma casi inesperada Alausí ganó el primer set 15 a 13, los achupallenses se aflojaron un poco al final del set, y los locales pudieron apoderarse de la ventaja. Achupallas se retiró al descanso como una fiera herida, prometiendo venganza para el siguiente set. Ahora, otra de las curiosas reglas por la que se rige el volleyball ecuatoriano es que no se pueden hacer cambios en el medio de un set, a no ser que hubiera un caso extremo, que un jugador se lesione por ejemplo, cualquier cambio tiene que hacerse de un set a otro. Achupallas sabiamente cambió a su “volador”, el guambra original de alguna manera estaba fallando nerviosamente, precisamente en éste juego de vida o muerte el pobre guambra hizo una o dos jugadas malas, claves para que Alausí se apodere del set.

 

El set que siguió ahora cambió de fisonomía, Achupallas era otro contrincante, también pareció que Alausí creyó que tenía el juego en el bolsillo, que le iba a ser más facil de lo esperado dominar al rival, y se descuidó en algo. Los de arriba - “del páramo son esos longos carajo” según algún apasionado alauseño - : Achupallas, ahora tomó la delantera y no había manera de quitársela, el nuevo “volador” de ellos era simplemente un mago, un guambra jovencito que hasta con una risa sardónica agarraba las bolas que le ponían de un extremo al otro de su dominio. Ahora su “ponedor” adquirió más confianza y empezó a “cataculpar” la bola al lado alauseño. Otra curiosa regla es que el juego no se puede parar con lo que por acá se llama time-out (no sé como darle una traducción española apropiada, no es simplemente “tiempo”? otra vez, ayúdenme por favor) y pues el entrenador del equipo alauseño no pudo dar a sus jugadores instrucciones técnicas, podía si gritarles cambios tácticos desde afuera de la cancha, arriesgándose a que el árbitro del juego lo penalice con un valioso punto o por lo menos con la no menos valiosa perdida de la “data” por interferir bulliciosamente en el juego. Las reglas del volleyball ecuatoriano son bien estrictas. De alguna manera los alauseños sacaron fuerza de no sé donde e igualaron el puntaje cuando parecía que Achupallas tenía el set en el bolsillo. Lo que siguió fue épico, ninguno de los dos equipos podía acumular los 2 necesarios puntos de ventaja para adjudicarse el set. Cuando ya Alausí estaba 18 a 17 por ejemplo, y parecía que iba a anotar el punto ganador, el “volador” achupallense hacia una de sus fenomenales jugadas y le denegaba el puntito. Pasaba la “data” a Achupallas y se volvía a repetir el ciclo. El ruido era atronador. Los apostadores estaban en el quinto cielo, las apuestas eran ahora por ése set nada mas, como en la Gallera alguien gritaba por allá “100 a 80 que Achupallas gana el set” “pago, era la escueta contestación del otro lado de la cancha” ¿Cómo sabían los apostadores su negocio? es algo que no he podido dilucidar nunca. Ahora los miembros del Comité estaban notablemente preocupados, el juego se estaba alargando alarmantemente, si seguía así se tendría que posponer en algo la sacrosanta Corrida de Toros de ésa tarde, la final y más sagrada de toda la Fiesta. Para acortar en algo éste relato, finalmente Achupallas ganó el set 22 a 20, y ahora las caras largas eran las alauseñas. Hasta las apuestas tomaron un matiz preocupante, ahora eran “voy 100 a 70, y hasta 60, a Achupallas” Eso quería decir que si Achupallas ganaba el apostador se hacia 70 o 60 más rico, pero si perdía tenía que aflojar un billete de 100 al que le tuvo fe a Alausí.

 

Cuando iba a comenzar el tercer set corrió una discreta “bola” entre la concurrencia que aconsejaba a la gente que si alguien con problemas coronarios estaba ahí, que sería mejor que se retirara porque el juego iba a ser ahora de tal intensidad y dramatismo, que iba a ser peligroso para los de corazón débil; algunas personas tomaron muy en serio la advertencia y retiraron prudentemente a sus viejitos, ja….ja. En efecto, los dos equipos entraron a la cancha a triunfar o morir, así de sencillo, las jugadas que se daban eran para quitar la respiración; era notable que Alausí habia cambiado su táctica, ahora ya no trataba de poner la bola en las esquinas de Achupallas, el guambra “volador” de ellos era simplemente imposible de vencer; ahora se concentró el “ponedor” en impulsar la bola con la fuerza de un proyectil con el objetivo de “quebrar” los dedos del guambra de atrás, lo que consiguió hacerlo más frecuentemente. Achupallas notó el cambio y retrasó sus dos delanteros con el objeto de poner manos más fuertes para recibir el aluvión que le disparaba Alausí, pero ahora había mayor espacio desguarnecido frente a la red de los “longos de arriba” y ahí empezó el alauseño a colocar la bola, inteligentemente variaba las jugadas entre una bola colocada y un formidable cañonazo. La táctica dio resultados y Alausí empezó a alejarse paulatinamente en el marcador para satisfacción de los locales. Pero Achupallas también tenía sus recursos, el “ponedor” de ellos era un gigantón que aparentemente no es que tenía dos brazos, sino dos cataculpas impulsadoras, con la ventaja que lo mismo usaba el “ramal” derecho que el izquierdo con igual fuerza para disparar sus bolas, para lo cual diestramente cambiaba posiciones con el ”acomodador” a lo largo de la red, cualquier momento estaba en su esquina izquierda para usar el brazote derecho como en la esquina opuesta para disparar con el izquierdo. Esta táctica empezó a darles buen resultado tanto que igualaron la puntuación a 16; ahora la ventaja era alternativa, para gran preocupación del Comité porque ya eran casi la 1½ de la tarde y ¿qué iba a pasar con la sacrosanta Corrida de esa tarde? Definitivamente tendría que ser pospuesta siquiera por una hora lo que cambiaría el esquema de todo, ya se estaba pensando que si las cosas seguían así se iba a tener que recurrir a la suerte de una moneda para determinar el ganador.

 

El desenlace se produjo con una decisión que ha quedado para larga recordación en los anales del volleyball cantonal, una decisión que por momentos parecía que iba a producir una guerra civil en el Cantón Alausí, así de apasionado es ése deporte por ésos lares. La explicación de lo que sucedió se puede resumir más o menos así. El juego consiste básicamente en que el “volador” recibe la pelota, se la pasa al “acomodador” al frente y éste haciendo honor a su función y nombre la acomoda arriba, boleada, suavemente, en forma estratégica, a veces bien pegada a la red, para que el “ponedor” diestramente salte cuán alto puede y la dispare al campo contrario. Esa es la esencia del juego. Ahora qué pasa, en su propósito para acomodar la bola de la mejor forma al ”ponedor” el “acomodador” tiene que ser muy cuidadoso con la pelota, y aquí intervienen las estrictísimas reglas del volleyball ecuatoriano, la pelota tiene que ser golpeada no aguantada o retenida en las manos de los jugadores, eso quiere decir que éste tiene que hacer su jugada siempre golpeando la bola, con un solo golpe, no dos, jamás, eso es punto perdido. Tiene que pasar o hacer la siguiente jugada con un golpe rápido a la bola, nunca aguantarla, ni por una fracción de segundo, eso es anatema, eso es contra la regla del juego, eso es punto perdido, y eso es lo que el árbitro del partido decretó en una decisión que ha quedado para la eterna recordación: el penó al “acomodador” con aguantar la bola, posiblemente lo hizo un tris demasiado largo, pero así Achupallas perdió un punto clave en el partido, cuando este estaba igualado a 20, Alausí se le fué un punto arriba, y luego tuvo la buena fortuna de conseguir el 22avo. punto y el partido. Hasta ahora se grita en Achupallas que les robaron el Campeonato, nunca se han podido resignar a la pérdida; el árbitro debe estar todavía corriendo y escondido, no sólo de los fanáticos achupallenses sino también de los apostadores que perdieron fortunas debido a su funesta decisión. Toda su familia, incluyendo abuelas, una tía abuela, madre, esposa, hijas, nietas, sobrinas, tías, cuñadas, concuñadas, sirvientas, esposas de sus sirvientes, amante, ahijadas, primas, amigas, compañeras de trabajo, la perra, y cualquier otra forma femenina remotamente relacionada con él, se tienen que defender desde entonces de los apelativos que les han aplicado los achupallenses, ja….ja. Los alauseños bailaban y cantaban triunfalmente, los achupallenses gritaban y reclamaban el robo, el árbitro desapareció el instante después que decretó “bola aguantada”, los apostadores empezaron la penosa transferencia de fondos, el Comité pudo al fin dedicarse a la premiación del equipo Campeón: Alausí, y todo el mundo enseguida corrió a la plaza a ver la última corrida de toros de las fiestas, con una hora de atraso.

 

Los toros que habían reservado para ésa tarde eran la “plana mayor” del hato, eran unas fieras salvajes, tengo la sospecha que eran hasta “amañadas”. No en vano don Julio Teodoro se había jactado “quiero sabess si hay algún longo alauseño suficientemente macho para torearrss mi toro Luciferrss” y especialmente éste era un diablo encarnado en cuatro patas, como su nombre bien lo decía; todo esto aunado con el doble braguero y el tratamientodel fuerte zhumir en los ojos, hacían de ése animal una encarnación de la venganza y el mal. Desde el primer toro que salió a la plaza se pudo notar que los bichos de ésa tarde eran especiales, este se podía fácilmente ver que era un animal “amañado”, la manera de mover la enorme cerviz daba a indicar que el animal sabía a dónde podía encontrar a su odiado enemigo, pocos fueron los “bravos” que se atrevieron a ir a torearlo, y lo hicieron desde una regular distancia, así y todo hubieron unos atrevidos que salieron a encararlo y corrieron grave riesgos de ser corneados por la bestia. Lucifer salió como sabiendo que él era el toro a torear, y que iba a hacer lo más difícil tratarlo, tomó la plaza casi calmadamente a pesar que debe haber estado sufriendo dolores espantosos por el doble braguero que le habían aplicado y el ardor extremo en sus ojos. Y le habían cosido en el lomo la preciosa colcha donada por la Marujita, la obra de arte excelsa de las monjitas en ese año, cargadita de billetes de alta dominación, un verdadero premio para quien logre hacerse de ella, pero que había sido reclamada para él por el guambra que le estaba arrastrando el ala a la Marujita, la lindísima hija de don Emilio y única heredera de una buena fortuna en tierras y casas en Alausí. El notificó a la competencia que la primera opción en la colcha era suya, y que Lucifer mejor se debía cuidar porque de él no se iba a burlar. Ah…pero el formidable animal estaba resultando un contrincante demasiado inteligente para los que venían a enfrentarlo, parece que escogía a quien embestir y la manera de hacerlo, definitivamente ése animal también era “amañado” y don Julio Teodoro lo había mandado a propósito a Alausí para establecer su superioridad. El guambra que quería la colcha para él se estaba hasta arriesgando demasiado en su propósito, cada vez se acercaba más al endemoniado bicho para arrancarle la colcha, sus amigos le estaban proporcionando toda la oportunidad para que se haga del tesoro y se mantenían a una respetable distancia de él. La gente en la plaza le gritaba que cejara de su capricho, aun la Marujita le pedía a gritos que no se arriesgara tanto; finalmente el guambra pudo asirse de una extremo de la colcha y se aferró a ella con toda su vida, el animal inteligentemente corcoveaba y movía su cuerpazo de cierta manera evitando que el guambra pudiera arrancar el premio de una vez, y estaba a punto de conseguirlo, hasta que ahora si otro guambra intervino en la jugada y agarró otro extremo de la colcha, entre los dos pudieron arrancársela. El segundo guambra civilmente le adjudicó la colcha al primer pretendiente, este honradamente cedió el tesoro en billetes a su ayudante, y todos quedaron contentos. La Marujita coquetamente accedió al requerimiento de su pretendiente y le concedió la colcha para siempre.

 

El tercer toro en la plaza no fue menos agresivo que sus predecesores, más parece que quería cobrarse de la afrenta a la que habían sido sometidos sus desdichados hermanos, ja…ja; pero ahora ya para esta hora de la tarde los muchos tragos de zhumir que habían bebido los bravos de Alausí, estaba haciendo su efecto y algunos estaban ahí haciéndole frente, con un poco más de arrojo, también para mandar un mensaje a don Julio Teodoro que en su pueblo si habían “machos” de verdad. Los buenos lances se repitieron, así como también las aproximaciones más audaces a esos mortales cuernos. La gente en los palcos alternativamente aplaudía como gritaba de angustia por las muchas situaciones que se estaban dando en la plaza; en general había una gran excitación entre todos porque se sabía que eran los últimos momentos de las Corridas por ése año lo que estaban presenciando. En los palcos resonaban las risas de las personas que discurrían alegremente con sus familiares y amigos visitantes, entre repetidos brindis y platitos con las sabrosuras y especialidades que las “doñas” habían preparado precisamente para esa tarde, y por supuesto con las delicias que se añadían cuando alguna dama venía con su familia a rendir homenaje a la dueña del palco, amiga de toda la vida. En algunos sitios se habían producido guitarras y se oían sentidas notas de algún pasillo o valse, coreado por muchos ahí, y hasta una que otra pareja generalmente joven ensayando unos pasitos de baile. Qué bella era la Fiesta de Toros en Alausí, cuánta civilidad, cuánta oportunidad para estrechar más los lazos de amistad entre los que se conocían por toda una vida, desde los lejanos días de la escuela primaria, la nunca olvidada 13 de Noviembre. Cuántos romances que dieron origen a sólidas familias se iniciaron entre ésas risas y muestras de alegría. Todos estaban conscientes de cerrar la fiesta de ése año de la manera que dejara recuerdos imperecederos.

 

El cuarto toro de la tarde, una mañosa vaca, casi se encargó de dejar el recuerdo más imperecedero y trágico de las fiestas de 1939. Era el último animal de ésa tarde, el que se llama “el toro del rosario” un nombre bastante singular, que posiblemente en un tiempo inmemorial significaba que con ése bicho se daba fin a las Corridas, bastante tardecito ya en la tarde, digamos justo a tiempo para de la plaza ir a la iglesia a atender el consabido rosario, la ceremonia religiosa que empezaba como a las siete de la noche, en la que el padre Estrella lo rezaba obligatoriamente cada noche.Cuando salió dando brincos desaforados la malhadada vaca, los bravos de Alausí se lanzaron en tropel a torearla, muchos pasaditos en tragos, otros desoyendo voces de prudencia. Al centro de la plaza fueron en masa los jóvenes a veces tropezándose entre ellos, qué caray, era el último bicho de las fiestas, de aquí la próxima oportunidad de torear se daría el siguiente año. Entre los más “trastabillantes” del grupo iba el Edmundo Guerra, que poco caso hizo de amigos que trataron de impedir que vaya a torear ésa fiera mortal y en ésas condiciones, allá fue él para que se sepa que en Alausí había machos de verdad. Entonces sucedió lo que sucedió, que les juro pasó instante a instante como se los voy a relatar y que quedó grabado en forma indeleble en mi mente, no es una fantasía de mi parte ni algo que estoy fabricando para animar éstas páginas, quizás si hay todavía un alauseño vivo de ésa época que puede corroborar mi historia, por favor venga en mi ayuda. El Edmundo prácticamente se abrió paso entre el grupo para situarse frente a frente con la fiera, en un franco desafío a la bestia, le sacó un lance, y luego otro, pero el mañoso animal hizo un movimiento inesperado e impactó el cuerpo del Edmundo con furia vengadora; para allá voló el hombre por la fuerza del tremendo golpe. Todo el mundo en la plaza gritaba, no, aullaba desesperadamente; todos los otros jóvenes trataban de distraer al animal y hasta halarle del rabo para salvar al caído, pero el mañoso animal no se dejaba. El Edmundo estaba tirado en el suelo, boca arriba, quizás muerto o muy herido debido a la terrible cornada de ésa vaca maldita. Entonces el animal vino, digamos que procedió a darle la estocada final; con mucha destreza posesionó la enorme cerviz para el golpe de graciacon sus mortales cuernos. Y aquí sucedió el acto más dramático que yo recuerde: el Edmundo asió los quemantes cachos del animal, seguro que con los últimos gramos desesperantes de fuerza que le quedaban; aguantó la cabezota de la fiera que luchaba por ensartarle los cuernos, y luchó por su vida ¿por cuánto tiempo habrá sido? unos tantos segundos; con sus fuertes brazos mantuvo los asesinos puñales del animal a una mínima distancia de su pecho. Todo sucedía como en esas secuencias cinematográficas que se pasan lentamente. Les digo, los aullidos de angustia de todo el mundo eran atronadores, y la gente se lanzó como en una tromba a agarrar el rabo del enorme animal para moverlo lo suficiente para que otros se encargaran de arrastrar al Edmundo fuera de peligro. Déjenme enfatizar algo: Edmundo Guerra debe haber sido un joven de no más de unos 30 años de edad, relativamente pequeño de estatura, grueso, fuerte como un roble, típico serrano, con unos brazos que más parecían dos ramas que emanaban de un sólido tronco. En el Alausí de aquellos años habían algunos así, diría yo que a consecuencia mayormente de un deporte que se practicaba también asiduamente ahí, una especie de “pelota vasca” posiblemente remanente de los lejanos días españoles; era una pesada pelota del tamaño del puño de un hombre, un sólido amasijo de cabuya, no sé cómo amarrada para formar la bola. Se la jugaba ésta con una raqueta de madera con la cual un jugador en un extremo la mandaba cuán lejos posible al otro extremo de su oponente, quien pues respondía igualmente. Pero señores, el asunto está en que la mencionada raqueta no era sino un pesado pedazo de madera, grueso, y por lo menos del doble del tamaño de una raqueta de tenis. El jugador no solo agarraba sino que amarraba el mango de la raqueta a su muñeca, y entonces con un esfuerzo descomunal la impulsaba al otro lado. Ahora, me parece que el juego se llama “chaza”. Ya pueden Uds. imaginarse la clase de brazos que desarrolla un jugador de “chaza”, y el Edmundo era un frecuente practicante de ése deporte, que se lo jugaba a lo largo de La Avenida. Tenía pues nuestro amigo unos brazasos tan fuertes con los que pudo mantener a raya al enorme animal por el tiempo necesario hasta que los otros guambras acudieran a salvarlo. De todas maneras el animal lo había herido en el estómago de tal manera que a punto estuvieron las tripas de salirse por el tajo; lo llevaron a toda carrera a la enfermería que se activaba para esos propósitos en los días de toros, muchos pensaban que ya iba cadáver, pero no, lo cosieron burdamente y vivió por muchos años más, y aquí tengo otra historia que contarles. Así pues terminaron las Corridas de Toros de 1939 con una nota casi trágica, que de haber pasado en Alausí en toda su extensión, hubiera sido llorada por años y años.

 

Para contar el epílogo de lo que sucedió en Alausí en ese lejano 1939, tengo que trasladarme a New York por el año 1962. En el mes de Febrero de ese año es cuando llegué a la enorme ciudad, sólo, en busca de un mejor futuro para la familia pero principalmente para recabar asistencia médica para mi hijo Panchito que había sido atacado por la execrable poliomielitis en Guayaquil. Fueron duros meses los que pasé ahí, de soledad, hasta que pude traer a mi esposa Maruja a acompañarme y ayudarme en el propósito; que se hicieron algo llevaderos cuando de alguna forma que ahora no recuerdo pude establecer amistad con una familia alauseña que vivía cerca de donde yo residía; era una numerosa y alegre familia donde disfruté de buena compañía y de agradable tertulia. Para mayor satisfacción era parte de la gran familia Muñoz alauseña, con ramificaciones con los Guerra de tanto abolengo en Alausí. Sucede que un Viernes de noche me dispuse a ir donde ellos, llevando el consabido paquetito de la sabrosa cerveza Miller que para entonces era la preferida en todas las reuniones, A través de la puerta del departamento de los Muñoz desde ya salía las alegres risas y conversaciones que tenían ahí; me recibieron con la cortezía de siempre, hasta que entré en uno de los cuartos donde se estaba desarrollando una vívida discusión; qué les parece que quién estaba ahí era don Edmundo Guerra, vivito y coleando, defendiéndose arduamente de las pullas y bromas de sus dos sobrinos, los grandotes Muñoz que dicho sea de paso eran activos jugadores de football en New York, posiblemente así es como conocí ésa familia, en el parque Van Cortland al norte de Manhattan, donde se jugaba el football. Los bromistas jóvenes se reían de las aseveraciones de su tío, un hombre en sus 50 y tantos años que les relataba su momento supremo cuando en sus tempranos años pudo luchar con un toro y evitar que lo matara, los jóvenes tomaban eso como una de las tantas vanagloriadas de su fogoso tío, no podían de ninguna forma aceptar que su tío haya podido igualar la formidable fuerza de una bestia salvaje. “Carajo – aseveraba el Edmundo – yo lo hice, ven ésta herida en mi paaanza, esss la prueba carajo de mi lucha con esssa desgraciada vaca asssessina, poorrssque no me creen carajo y se burrslan tanto” Entro en la habitación yo en el preciso instante que el Edmundo se levantaba la camisa para dejar al descubierta una horrorosa cicatriz roja, que hacía marcado contraste con la piel bien morena de su barriga, y llego como su ángel salvador, inmediatamente me reconoce: “ay Dios, aquí está essste guambra Acuña, éste es alauseño (ahora hasta me reconocía como tal) él me conoce y sabe quién soy carajo (ahora hasta se acordaba de mi a pesar de los 18 años de diferencia en edad entre nosotros) vosss te acuessdas verssdaa? diless a éstos pendejoss chachareross la clase de hombre que soy” Todos tenían los ojos puestos en mí, el Edmundo buscando mi apoyo, los Muñoz con una incrédula expectativa. Yo pues procedo a ratificar todos y cada una de las afirmaciones del Edmundo, contando con lujo de detalles el drama que sucedió en ésos lejanos 23 años en una plaza de Alausí, más detalles aun de los que se acordaba el mismo protagonista del momento, jaaa.ja. Ahora el Edmundo me abrazaba y me reconocía como un verdadero alauseño, cuando en nuestra época en Alausí quizás nunca ni se dio cuenta de mi existencia, en verdad no tenía por qué hacerlo, yo no era sino un insignificante guambra de 12 años de edad, cuando él ya era un fogoso joven de unos 29 años, magnífico guitarrista, jugador de ésa especie de pelota vasca, juerguista y algo abusivo. Las vueltas que da la vida, ¿verdad?

 

La noche del último día de las fiestas, de ése San Pedro de mis recuerdos, de ése Sábado 2 de Julio de 1939, todo el mundo en el pueblo estuvo afuera, disfrutando de los instantes finales de ésa semana de celebraciones, hasta las mamás nos dieron rienda suelta para que disfrutemos del momento, sin ponernos limite a la hora que debíamos estar de regreso a casa a dormir. Qué bello era ver a las lindas guambras alegremente caminando cogidas de brazos, examinando a los guambras y dejándose examinar, ah…el eterno juego de la vida. El Baile Popular estaba “prendido”, la pequeña placita frente al cuartel militar estaba repleta de parejas bailando animadamente. La juventud dorada de Alausí estaba toda ahí, la Reyna con su Séquito por supuesto, pero ya si bailando democráticamente con cuántos le pedían el honor, y ahora que había dejado “suelto” a regañadientes a su apuesto Edecán, ése guambra no se alcanzaba con los requerimientos de las guambras para bailar con él. Los puestos de canelazo no se alcanzaban con tanta demanda de los sedientos amigos que se intercambiaban brindis, y recomendaciones: “éle…verass Jorgito, no nos vayas a fallar para San Pedro del próximo año, sin vos aquí las cosas no son lo mismo” “ay Carlitos qué amable eres, tu sabes que ni muerto me pierdo las fiestas de nuestra querida Alausí” Ahora hasta las damas se habían dado una tregua, y regresaban a sus dulces días de la Inés Jiménez. Es que todo el mundo estaba consciente que eran los instantes finales de las fiestas, que desde el día siguiente Lúnes regresaban a la rutina diaria, y muchos a hacer cuentas pormenorizadas de los excesos a que habían sometido al bolsillo en su entusiasmo por los buenos momentos vividos “que se va a hacess carajo, San Pedro es San Pedro – decían unos – ahora no queda sino trabajar duro para tener suficiente para el próximo año”

 

El acto final fué un grandioso despliegue de Juegos Pirotécnicos que empezó como a las 9 de la noche y duró una buena hora. Tuvo lugar en La Avenida, la amplísima calle donde se daban los mejores eventos en Alausí.  El juego de luces era magnifico, digamos que casi increíble. Los colores que formaban los ramilletes de explosiones eran impresionantes, la diversidad de formas expuestas por los cohetes al explotar eran únicas. Realmente aquellas gentes que estaban produciendo el espectáculo sabían su negocio. 

 

Así terminó la gloriosa Fiesta de San Pedro con sus Corridas de Toros en mi querida Alausí, para el año 1939. Para dejar recuerdos impresos con marcas de fuego en el alma de este soñador individuo, que al fin los pudo traducir en éstas pobres letras que las pongo humildemente a disposición de algún amable lector que se tome el trabajo de leerlas.

 

FIN

 

 

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