"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Y hablando de envidia, ahora se reunieron los señores para resolver que algo se tenía que hacer para limpiar al pueblo de la escoria que lo había puesto en tan grave peligro, es que en juego había

Narrada por: Victor H Acuña

Entre los muchos eventos que el Municipio se encargaba de proporcionar a su ciudad estaban los Bailes Populares, que se daban por las noches como por una semana completa, en varios sitios y plazas de Alausí, y como bien lo indica el nombre éstas de verdad eran grandiosas “farras” populares en las que todo el pueblo se divertía de lo lindo. Una orquesta y a veces dos se turnaban para hacer bailar a la gente desde las 7 u 8 de la noche hasta la 1 u 2 de la madrugada, por todas esas horas de total democracia, porque como ya lo expliqué aquí anteriormente cualquier hombre podía solicitar respetuosamente bailar con la dama más encopetada, era el momento en el que San Pedro igualaba a todos sus hijos en la dichosa ciudad, aunque sea una vez cada año. Una señora de la “mera crema” si no quería someterse a la prueba mejor que no vaya por la Plaza donde se estaba dando un Baile Popular. El Municipio contrataba orquestas definitivamente populares que mientras más ruidosa emitían su música, más frenéticamente hacían bailar a la gente. Un frenetismo que se mantenía vivo con las continuas visitas a los cercanos puestos donde tomaban el sabrosísimo y calientito “canelazo” que es el trago más característico de Alausí. En muchas mesas había “braseros” en donde una gran olla llena del liquido que habían preparado con canela, el dulce de “panela” y alguna otra fórmula secreta hervía continuamente; se servía los tragos en humeantes vasitos “reforzada” con una generosa porción de un fino zhumir o del más vulgar “puro” que es un fuerte licor blanco de caña, según como esté el bolsillo del sediento. Ese es el popularísimo “canelazo” infaltable en cuanta celebración pueblerina en Alausí, y de verdad que era reconfortante para las frías noches de la ciudad; las personas se brindaba continuamente entre sí un “canelacito” que no les era muy oneroso y que solo los “ajumaba” poquito a poquito.

 

Ahora empezó en Alausí un sostenido deseo de limpiarse y arreglarse para recibir a San Pedro con toda dignidad, muchos dueños de casa se dieron a la tarea de pintarlas y mejorarlas, se impulsaron ciertas obras en las calles, en fin, había un afán de prepararse para las fiestas. Y nuevamente aquí la ciudad había sido bendecida con un obsequio de Dios cuando le concediό don Antonio Mora; éste es quizás el hombre más probo y honrado que pueda haber existido, dedicό su vida a servir a su pueblo, y lo hizo sin descanso, sin límite de tiempo. Él fue el permanente Comisario Municipal de Alausí. Los Consejos Municipales del pueblo se alternaban en las elecciones, una vez estaban los de tal partido en el poder, otras veces le tocaba el turno al partido opositor; pero en lo que siempre estaban invariablemente de acuerdo es nombrar a don Antonio para otro periodo como Comisario Municipal. Sus funciones eran ilimitadas: lo mismo distribuía eficazmente la escasa fuerza que se encargaba de cuidar del orden público, como también organizaba con igual eficiencia las cuadrillas de limpieza y recolección de basura; era el supervisor y maestro de obra en las construcciones públicas que se efectuaban en el pueblo. Y su presencia era primerísima en todos los momentos de emergencia que se suscitaban, especialmente cuando la correntada del rio invalidaba la planta eléctrica haciendo aun más deficiente el alumbrado de la ciudad. Es que estaba en todas partes, incansablemente, dedicádamente, ordenando, dirigiendo todo. Era un hombre alto, serio, muy pulcro en su vestir, siempre calzando un par de magníficas botas de montaña. Amable pero muy firme en su trato. Rara vez tenía que llamar la atención a un subordinado, su sola presencia servía para poner un problema en orden, pero su palabra era final en cualquier circunstancia. Todo el mundo lo respetaba y apreciaba en el pueblo, con todos se saludaba y a todos conocía. El pueblo brillaba de limpio y era un modelo de orden con don Antonio Mora cuidando de él. Los señores del pueblo; digamos un don Emilio Guerra a propósito se desviaba en su camino para ir a saludar a don Antonio y decirle algunas amables palabras “solo un ratito a saludassste Antonio, no te voy a quitasss más tiempo con mis impertinencias” “no digas eso Emilio, tu sabes lo mucho que me gusta hablass contigo”.

 

Pero ay Dios, por alguna razón en Tu Orden infinito creaste también la imperfección, y esto es lo que desgraciadamente se daba de vez en cuando con respecto a don Antonio Mora, él tenía una debilidad que sólo a fuerza de carácter y mucha dedicación a su trabajo lograba controlarla en algo: él era alcohólico. Dios, don Antonio Mora era un alcohólico.

 

Y Alausí también tenía su cuota de maledicencia cumpliendo la regla que nada es perfecto enteramente. Por ahí aparecían uno o dos “bien intencionados amigos” a hablar con don Antonio, “caramba Antonio, qué te pasa? se te ve tan cansado, te estás matando trabajando tanto. Verass, tu lo que necesitas es un zhumircito para entonarte un poco. Anda, una copita no más para quitarte ese frio de tu cuerpo, y sigas trabajando con más fuerza, uníta no te va a hacer ningún daño, te va a reconfortasss” Y lo convencían. Y con dos o tres zhumircitos lo hundían nuevamente en el vicio. ¿Porqué lo hacían ésos malhadados?, quizás por envidia, quizás por ocultas venganzas. Quizás la sola existencia de don Antonio impedía que uno de ellos tenga el prestigioso y “lucrativo” cargo de Comisario Municipal.

 

Y ay Dios….ése monumento de hombre se derrumbaba, caía con fuerza, con pasión en el horrible vicio que lo atenazaba. Qué lastimoso era ver a esa persona tan digna, tan señorial bajar al abismo de los más bajos instintos; sufría una transformación total, como si lo blanco tuviera un reverso negro en él. Dejaba de trabajar totalmente, abandonaba todas sus responsabilidades, se refugiaba de cantina en cantina, no comía, dormía en cualquier portal, junto con otros derelictos igual que él pasaba todo el día en íntima cofradía, no atendía a su aseo en absoluto. Se volvía agresivo. Sus amigos, no, todos los señores del pueblo hacían lo indecible por rescatarlo, pero él bruscamente rechazaba toda ayuda, respondía airado las buenas intenciones de sus amigos; él estaba en otro mundo ahora, del cual se negaba a salir. Y Dios, la ciudad caía en el abandono, todos sus servicios se deterioraban, es que no había prácticamente nadie con el toque mágico de don Antonio para hacer funcionar las cosas. Los funcionarios del Municipio y los señores de la ciudad se reunían continuamente para encontrar una solución al problema, y ahora había más urgencia pues las fiestas estaban a pocas semanas de empezar; todos se lamentaban y hasta se responsabilizaban de no haber sabido protegerlo, de no haber detectado que había individuos deseosos de causar el daño. Al fin, cuando el pobre hombre había finalmente colapsado al borde de la muerte, inmerso en sus desechos, hecho un manojo de huesos, podían amorosamente llevarlo a donde su medio hermano don Víctor Toledo, el dueño del mejor hotel de la localidad, para recibir urgente cuidado. Con amor, con paciencia infinita, con el constante derroche de atención lo retornaban poco a poco a la vida; con todo el mundo en el pueblo pendiente del más mínimo progreso; hasta que al fin se lo veía dar unos pasos vacilantes. El día que todavía algo macilento había insistido en regresar a sus funciones, era un día de gloria en Alausí; calladamente volvía, empezaba a ordenar las cosas con la eficacia de siempre, y el pueblo volvía a su condición de pristinidad, qué alivio, don Antonio había regresado justo antes de las fiestas. Eso sí, él no aceptaba muestras de compasión; nadie tampoco le reprochaba por lo que había pasado, todo el mundo en callado acuerdo lo saludaban como lo habían hecho solo el día anterior “éle, Antonio, le decía jocosamente don Emilio, ya es tiempo que cambiesss esas botas, o que las llevés donde el Patiño para que les ponga una media-suela, ja….ja”“ya….ya…Emilio, éstas botas tienen para largo, pero por si acaso, votarasss en el Consejo para que me suban el magro sueldo que me pagan, y para entonces sí podersss cambiarlas”, era su alegre contestación. Bueno, lo de subirle la remuneración estaba un poco injustificado, porque don Antonio se hacía pagar bien, en ése aspecto era exigente, era uno de los funcionarios que más ganaba en Alausí, no en vano había despertado tanta envidia.

 

Y hablando de envidia, ahora se reunieron los señores para resolver que algo se tenía que hacer para limpiar al pueblo de la escoria que lo había puesto en tan grave peligro, es que en juego había estado la supervivencia de la ciudad, es que el buen nombre de Alausí para las cercanas fiestas había estado a punto de empañarse. Calladamente se empezaron a hacer averiguaciones; con un poquito de presión al fin se pudo vencer el temor de algún indio, mortalmente amenazado, para que en forma indecisa diga “unos señoresss estaban siempre atrás del patroncito Antonio pesss” “los conocesss?” “elé pesss, eran unos blanquitosss, una vesss vi a uno por La Quebrada”. Discretamente dieron unas vueltas por La Quebrada y pudieron saber que “hace unos días que no se los ve al Maguay ni al Dueñas, ¿qué les habrá pasado?” En un pueblo chico hay muy poco que esconder, y los dos personajes tenían menos posibilidades de hacerlo. Una conversación más o menos intensa con los aberrantes individuos fué suficiente para que ellos mismo dijeran que lo que habían hecho no era sino una pequeña diversión; ahora sólo restaba hacerles entender que debían irse con la “diversión” a otra parte, lo raro es que en el proceso de “convencerlos” que los aires de Alausí yano eran muy saludables para ellos, estaban participando hasta alauseños jóvenes que se pensaba eran indiferentes a ésos problemas de la ciudad, y deben haber sido muy convincentes en sus argumentos pues curiosamente la despreciable pareja abordó un día el tren mixto para Guayaquil, y a pesar de que la mañana no estaba soleada iban con los ojos ocultos con sendos lentes oscuros; unos “amigos” les estaban dando la despedida, más bien parecía que estaban asegurándose que no vayan a perder casualmente el tren. Se embarcaban con unas caras que claramente indicaban que la ausencia del pueblo era definitiva, o por un largo tiempo; con la debida advertencia de que un regreso temprano pondría en serio apuro la integridad física de los malvados. A veces las cosas se resolvían eficazmente en Alausí, especialmente cuando estaba por en medio su existencia misma.

 

A todo esto ya estamos por la segunda semana de Abril, la semana más solemne de todo el año, la Semana Mayor la de Jueves y Viernes Santo, y ahora sí que Alausí entraba en una especie de receso de todas sus frenéticas preparaciones para las fiestas de San Pedro. En un pueblo tan dedicádamente católico como era Alausí no podía ser de otra manera; hubiera sido casi una herejía no mostrar el debido recato y unción para unos días tan sagrados como ésos. Ahora sí que el padre Estrella necesitaba toda la ayuda posible para preparar su parroquia a que recuerde debidamente el máximo sacrificio que conoce la humanidad; y las señoras de los diversos grupos religiosos, como también muchos señores acudían donde él para prestarle una mano en las muchas cosas que tenía que tener listas para ésos días. Había que preparar la Iglesia Mayor con un completo cortinaje de luto para mostrar su dolor y duelo por el Magno Acontecimiento sucedido 2000 años antes, ni la más mínima muestra de regocijo podía estar presente en los Días Sagrados, se convertía en un lugar lúgubre; aunque sí inmediatamente después todo se llenaría de gozo por Su Resurrección. Es decir el trabajo era doble: primero llenar la Iglesia de Luto y enseguida mostrarla en todo su poder y esplendor. El momento más solemne de toda la Semana Santa tenía lugar el Viernes Santo, cuando un sacerdote, que era un verdadero orador, pronunciaba el Sermón de las Siete Palabras, ésta es una Elegía de los momentos de absoluto dolor cuando Jesús caminaba a su Martirio. La Cúpula Clerical mandaba a Alausí un cura especializado en ésa clase de Sermón, que por espacio de tres horas arrancaba hasta lágrimas de dolora los creyentes reunidos en la pequeña iglesia; con una elocuencia atronadora no sólo revivía cada instante transcurrido en ésa fatídica Vía Dolorosa hace dos milenios, si no que hasta los hacía sentirse culpables por el crimen cometido, como si todo había sucedido ayer no más, y les arrancaba calladas promesas de arrepentimiento. A pedido del padre Estrella venía el mismo sermonista año tras año, que desde el Púlpito hábilmente llegada a las fibras de los acongojados adheridos totalmente a la Fe Católica.

 

Ese día todo el mundo se vestía de riguroso luto. Las señoras discretamente vestidas de oscuro y cubriéndose sus cabezas con un fino tul así mismo oscuro. Los señores habían mandado a planchar sus elegantes trajes negros y salían a reunirse entre ellos antes de acudir a la iglesia para el Solemne Sermón. Con caras serias y adustas se saludaban calladamente, todos ellos muy encorbatados, como si iban a atender un funeral. Era la única ocasión en todo el año que a don César Soria se lo veía sin su usual poncho que según los mal hablados del pueblo no se lo sacaba ni cuando iba al baño, en verdad, tenía una colección de gruesos ponchos de pura lana que los alternaba todos los días, jamás se lo veía sin uno de ellos, por solemne que sea la ocasión; los chismosos de la ciudad aseguraban que no se lo sacaba ni cuando iba muy raramente a la calurosa Guayaquil, debía haber sido una tremenda exageración, pero era la sostenida aseveración de los habladores. Ahora les diré, el poncho era la prenda de vestir barata reservada a las clases bajas; aunque todo dependía de si el abrigo era de la mejor calidad de lana, por otro lado muy costoso, entonces los más pudientes también la usaban pues era muy conveniente para el clima frio de Alausí. Debajo del poncho todavía los hombres usaban las prendas regulares de vestir, como ser el saco o leva, la camisa, etc. Aun las señoras usaban ocasionalmente un poncho más ligero que más hacia las veces de una mantilla. Así que cuando don César aparecía el Viérnes Santo luciendo un fino traje negro - no en vano era muy rico – pero sin poncho, las personas disimuladamente se paraban a observarlo. Ahora no me acuerdo, aquí me falla la memoria, no sé si antes de ir a la iglesia para el Sermón o después de éste era que las personas engullían la infaltable “fanesca”; más me parece que era antes, y que era la culpable de que muchos no pudieran evitar cerrar los ojos en medio del interminable Sermón con el sueño producido por el tremendo festín, para horror de las avergonzadas esposas que no escatimaban codazos para mantenerlos despiertos, a lo que se unía el Cura del Sermón que escogía esos momentos para tronar desde el Púlpito como un Profeta bíblico. Debe haber sido antes la hora de la “fanesca” porque de seguro nadie hubiera podido esperar por las tres y más largas horas, hasta que se termine lo que sí hubiera constituido un genuino suplicio, para entonces ir a rellenarse con la humeante delicia que esperaba en cada mesa.