"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Otro evento que tendría lugar para San Pedro era el Torneo de Cintas. Esta era una prueba que requería de mucha destreza de los jóvenes participantes

Iglesia Matriz
Iglesia Matriz

Capitulo 4

Narrada por: Victor H Acuña

Y entonces el padre Estrella intervino, hizo saber al Comité que todo tenía que consultarse con la Iglesia, porque la festividad era esencialmente católica, se celebraban los días de San Pablo y San Pedro, el 29 y el 30 de Junio, y éstos eran los Patronos de Alausí. El Comité se encargaría de la Corrida de Toros, pero él se encargaría de la parte religiosa, e igualmente había que hacer un montón de cosas, lo más importante: él, de acuerdo con algunos grupos religiosos de la localidad, como ser Las Hijas de María o los miembros del Sagrado Corazón de Jesús, tenía que nombrar ya a los Priostes de la Fiesta. Esta era una distinción que todo devoto y ejemplar ciudadano alauseño anhelaba tener siquiera una vez en su vida, era el más preciado premio que se podía conceder a un individuo para que pudiera trasmitirlo a sus hijos y nietos. La elección era un asunto de muy seria consideración por parte del Prelado y los grupos religiosos que dominaban la vida católica de la ciudad, había que examinar cuidadosamente lo buen cristiano y amigo de la iglesia que era el candidato, y también su solvencia económica. Porque, caballeros, el Prioste se hacía cargo totalmente de la fiesta católica de San Pablo y San Pedro, todo, todo era pagado por él: comida, bebida, eventos, todo, y ¡para el pueblo entero! El elegido adquiría una obligación enorme que no la podía rehuir en absoluto. Haría todo, vendería propiedades, recalaría la ayuda de todos sus familiares, pediría préstamos, empeñaría las joyas suyas y de su esposa, pero él tenía que cumplir con ésa obligación sagrada, con ése honor excelso que se le había conferido, y tenía que hacerlo de tal manera para que en la ciudad se hable por mucho tiempo “el Juan Saguahy sí que ha sido el mejor Prioste que hemos tenido carajo, el año pasado sí que “chupamos” y comimos en grande para San Pedro, el Juan se portó como debe ser un verdadero Prioste, no en vano es el mejor picapedrero que ha tenido Alausí” A veces el padre Estrella nombraba más de un Prioste en consideración al estado económico de los elegidos, para que el impacto financiero no termine de arruinar a una sola persona; pero el orgullo máximo que alguien podría tener es de haber sido el “único y más grande Prioste que ha tenido Alausí carajo”.

 

Otro cometido no tan complicado pero sí que tenía que ser acometido con mucho tacto, era el nombramiento de las Madrinas de los Toros, y a esto se dedicó el Comité con mucho ahínco en las siguientes sesiones. Se trataba de nombrar a tres damitas de la localidad como Madrinas de la fiesta de toros, tenían que ser las pertenecientes a las familias más representativas de la localidad, porque era otro de los honores que una familia alauseña guardaría con mucho orgullo. La Madrina designada tenía que ceder una colcha para ser cosida no muy fuertemente en el lomo del toro más feroz, para ser toreado en uno de los días de los tres que duraban las corridas. La ambición de todo joven alauseño era ser él el que había toreado diestramente al salvaje animal, y arrancado de su lomo la colcha en forma intacta; si ese joven era el que hace mucho tiempo estaba cortejando a la bella Madrina, entonces el circulo de felicidad se completaba. Y que era una colcha? era una obra de arte, era un finísimo rectángulo de como 26x20 centímetros de la seda o felpa más fina, bordada o pintada artísticamente con algún motivo típico, todo enmarcado en dorados filamentos. El motivo podía ser un imponente toro en su acto de carga mortal, o un brioso corcel bailando en sus patas traseras, o algún motivo religioso. Eran las hermanitas del Convento de Monjas de la ciudad las que se encargaban de la confección de las colchas después de largas discusiones con la bella Madrina, su mamacita, hermanas, tías, primas etc., todas intervenían, todas querían que la colcha de la niña más adorada de la familia sea la mejor, la más recordada de las fiestas. Las Madres Oblatas eran expertas bordadoras o pintoras y año tras año recibían los encargos, que valían una fortuna, con cuyos ingresos se ayudaban a sostener.

 

El tiempo apremiaba, las discusiones con las interesadas serian interminables hasta finalmente escoger el mejor motivo. Por eso el Comité se abocó a la selección de las Madrinas con toda dedicación y tacto, no era un cometido muy fácil, susceptibilidades podían ser heridas: que porqué se ha nombrado a la señorita Serrano y no a la Riofrío; que ya a una de las Robalino se la ha nombrado nuevamente Madrina, qué demás tiene esa familia sobre las otras dignas familias de la ciudad, para recibir el honor más de una vez. En fin, era una situación muy delicada. Cuando después de muchas deliberaciones se llegó a un acuerdo, una Comisión tendría que apersonarse en las residencias de las agraciadas, para anunciarles la graciosa designación. Por supuesto las familias premiadas ya estaban avisadas, las noticias se filtraban en el pequeño pueblo con rapidez - también el servicio de espionaje era muy eficaz - y se preparaban a recibir a los comisionados en la debida forma. Otra cosa que tenían las colchas para el día que serian toreadas, era una pequeña fortuna discretamente cosida a la tela, el afortunado que arriesgando hasta su vida lograba despojar diestramente al animal de la obra de arte tenuemente cosido en su lomo, también era premiado con algunos billetes que le servían para seguir alegremente festejando los toros. Las colchas eran exhibidas con anterioridad a las Corridas, en algún salón prominente de la ciudad, para que todo el mundo pueda admirarlas. Y de verdad que era difícil determinar cuál de las tres era la mejor, las monjitas se habían esmerado en su trabajo, por supuesto ayudadas positivamente por la largueza de las interesadas, que no escatimaban fondos para ser la mejor donante. Pero el Comité tenía que designar cual colcha se torearía el primer día, cual el segundo, y cuál era lamejorde las tres para el tercero, y aquí sí que se producían resentimientos a veces muy duraderos. El apuesto y valeroso galán que había arrancado la colcha de fulanita de tal, y si para perfección de perfecciones era la de su amada, con una magnifica demostración de nobleza se acercaba al palco de la bella Madrina a retornarle la colcha; ésta podía concederle magnánimamente la colcha como justo premio a su bravura, o también guardarla para sí misma, total muy posiblemente iría a adornar el sitio preferencial en el hogar que desde ya se avistaba para los dos jóvenes.

 

Otro evento que tendría lugar para San Pedro era el Torneo de Cintas. Esta era una prueba que requería de mucha destreza de los jóvenes participantes. Era obligatorio para las fiestas patronales de la ciudad, y estaba enmarcado dentro del programa de festejos del Municipio, pero ésta Entidad pedía al Comité que lo organice. Para el efecto había que nombrar también madrinas que donen las cintas que iban a servir de premio en el Torneo, y aquí nuevamente el Comité tenía que actuar con mucho tacto en la selección de las Madrinas, aunque ahora el esquema era mucho más amplio, pues por lo menos se nombraban 10 Madrinas y el Comité tenía mucho más espacio para no herir susceptibilidades. Las Madrinas podían ser señoritas y hasta niñas de la localidad; ellas mandaban así mismo donde las Madres Oblatas a bordar unas cintas de fina seda de como 10 centímetros de ancho y 1½ metro de largo, en la cual estaba inscrito su nombre, la cinta terminaba en una argolla de no más de 2 centímetros de circunferencia. El Torneo consistía en envolver un numero de cintas en el travesaño superior de un marco de tres palos como de 3 metros de alto, la cinta caería como 1 metro colgando del travesaño. El joven participante, en un orden pre-establecido por los Jueces del Torneo, partía montado en su caballo desde una distancia digamos de 20 metros, iba portando una delgada y puntiaguda vara de madera, y a un trote no muy lento también determinado por los jueces tenía que ensartar la puntiaguda “lanza” en una argolla, si lo lograba la cinta se desenrollaba fácilmente y el diestro jinete iría triunfalmente donde la donante de ella a pedirle galantemente que se la envuelva en su pecho. Uno tras otro corrían los jóvenes montados en sus corceles, y no les era muy fácil acertar al oscilante premio colgado de ese madero. Había hasta momentos de algarabía cuando los jóvenes ensayaban uno u otro “truco” para haberse de una Cinta, aunque los jueces - que era una Comisión nombrada por el Comité - eran muy estrictos para conceder la validez de una Cinta al participante, podía ser que estuvo muy lento para llegar al marco de las cintas, podía ser también que no ensartó su “punzón” en la argolla sino en la Cinta misma, todo eso invalidaba la concesión del trofeo. El Torneo era muy entretenido y ocupaba una buena tarde en los días de la Feria de San Pedro. Aun se daba “denuncias” de que tal o cual participante había ensayado largas horas en el “ensarte” de las Cintas, y eso no se valía en el criterio de algunos envidiosos o celosos, porque aquí también había el propósito de ganarse la cinta donada por la bella de sus amores. Una cinta que había sido ganada en forma correcta era re-emplazada enseguida por otra que ocupaba su lugar, en realidad había siquiera 20 cintas para el torneo de ésa tarde. Si al final del evento había un número de cintas que no habían sido ensartadas, la Comisión de Jueces la otorgaban a los participantes que mejor habían actuado, aunque sin suerte, y aquí nuevamente había lugar para resentimientos, algunos bastante duraderos. Los pobres Jueces tenían un cometido bastante ingrato.

 

He referido más de una vez en éste relato a la Madres Oblatas de Alausí, y ya es hora de que aclare quienes eran ellas. Era una de ésas Instituciones que tanto enriquecieron y enaltecieron la vida de la ciudad, y lo hicieron por décadas, honrando el nombre de Alausí no sólo localmente sino hasta internacionalmente, y les voy a explicar cómo lo hicieron. Ellas tenían un Convento de Monjas en un sitio bastante exclusivo de la población, que además era un Colegio-Internado para señoritas,de primerísima calidad y que se llamaba San Francisco de Asís; ahí se educaron legiones de hijas de las familias más prominentes de la localidad y de la región costera del país. Ser una graduada del Colegio de Monjas de Alausí desde ya ponía a la feliz señorita en un sitial especial, que trascendió en el tiempo y la distancia, porque ésas afortunadas formaban sólidas familias para servir de modelo en sus provincias, y muchas fueron a vivir en el extranjero con sus prominentes esposos quizás diplomáticos representando al país, pero nunca se olvidaron de la excelsa preparación para la vida que recibieron en el Colegio San Francisco de Monjas de Alausí. Sólo un relativo reducido grupo de niñas de 12 años y más de edad cumplían con las estrictísimas reglas de admisión y provenían de familias que podían pagar el alto costo de educarse en el Convento; el cometido de los padres al poner a sus hijas en ésa institución era doble: no sólo la educación de primera era el objetivo, también el magnífico clima de Alausí que tanto bien hacia a las niñas era un fin muy buscado en ése propósito. Muchas venían flaquitas de la costa y al poco tiempo ya estaban “chapuditas” gracias a la buena alimentación y saludable clima de Alausí. Ellas tenían una cantidad bastante uniforme de alumnas, digamos que si 10 niñas de 17 u 18 años de edad cumplían un año su educación eran pues re-emplazadas por igual número por niñas que empezaban la enseñanza secundaria a los 11 u 12 años de edad, para completar una nóminade no más de 100 niñas que en cualquier momento atendían el colegio. Ahí no sólo recibían una educación de primera, sino que los atributos necesarios para ser una exitosa futura ama de casa, porlo menos lo que era esencial para una dama en ésa época: una manera de tener el más digno porte todo el tiempo y saber los quehaceresde casa con la debida suficiencia para poder luego trasmitirlos en su hogar eficientemente, todo dentro del marco de la más estricta formación cristiana. Las niñas llegaban traídas por sus padres en un tren mixto cualquier día, y en la estación eran recibidas por una o dos monjas casi desconocidas para el resto de la gente de la ciudad, rápidamente iban todos al Convento y eso era todo, muy raras veces se volvía a ver a una niña. Los padres vendrían a visitarla con la frecuencia que le permitía sus negocios, o al término de un año lectivo quizás a llevarlas a sus hogares, pero sólo en contadas ocasiones se veían a las niñas, eso sólo los Domingos para la temprana misa de 7 de la mañana donde las jóvenes eran llevadas en cerrada formación y vigilancia por las monjas a la cercana capilla; era cuando los galanes de la ciudad podían atisbar brevemente a las bellas niñas cuando muy recatadamente y perfectamente uniformadas atendían la misa dominical, y no se las veía más, nunca las monjas las llevaban a ningún acto de la ciudad, ni siquiera desfilaban entre todas las escuelas y colegios de la ciudad para el 13 de Noviembre que es el día de la Independencia de Alausí. Quizás el reducido Coro del Convento era recabado para las celebraciones de la Semana Mayor por el padre Estrella, pero eso era todo, una o dos canciones religiosas bellamente interpretadas y el grupo era retirado apresuradamente de regreso al Convento. Pero así y todo, bastaba un ligerísimo y discreto cruce de miradas entre una niña y su asiduo admirador, para establecer una tenue relación, que casi siempre terminó en el altar años después. Los cuentistas de la localidad aseguraban que habían visto a las niñas desde muy lejos, desde la loma que estaba atrás del Convento, dizque cuando hacían ejercicios en el patio del edificio, pero era una aseveración imaginada nomás pues el Colegio estaba rodeado de una alta tapia para evitar esa contingencia precisamente. Pero como siempre, como en todas las cosas, nada es absolutamente seguro, las Monjas tenían un Talón de Aquiles que por más que hicieron no pudieron superarlo: había un nutrido grupo de trabajadoras de servicio ayudándolas con el ingente trabajo de manejar un establecimiento donde vivían más de 100 personas; gente que hacían la limpieza del gran establecimiento, las que ayudaban en la inmensa cocina, las que lavaban y planchaban las toneladas de ropa de tantas niñas y las mismas monjas. Esas trabajadoras vivían en la localidad y acudían a trabajar en el Convento, y ahí radicaba la parte débil de todo el andamiaje. Siempre había un apuesto joven, alguno que hasta había venido de Guayaquil u otra ciudad de la Costa, que con mucho ruego, muchos billetes, y hasta ofrecimiento de un empleo permanente en su casa, lograba que una trabajadora se arriesgara enormemente – a punto de hasta perder su empleo al instante de ser descubierta – a llevar una breve nota a la niña de sus sueños, para comunicarle que nunca la olvidaría, que sus vidas estaban destinadas a vivirlas juntas, lo cual sucedió siempre; un brevísimo “acuse de recibo” de la bella era todo lo que necesitada el soñador para elevarlo a las nubes. Pero eso sí “un recadito nomás, decía la mensajera, ay….no sé cómo me dejé convencer”. Se dió algunos casos que la mensajera fué el factor preponderante en la unión de ésos dos jóvenes, al prestarse a portar continuamente los mensajitos. Posteriormente fué premiada con el mejor empleo de confianza y respeto en el hogar formado en gran parte debido a su ayuda, algo para ser recordado por siempre con amor y algunas risas y trasmitir a los hijos de la feliz pareja.