"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Don Bolívar Guerra era el Director Artístico de Alausí, en forma extraoficial porque nunca fue nombrado como tal y nunca recibió una remuneración

Capitulo 3

Narrada por: Victor H Acuña

En una comunidad tan cerrada, las noticias circulaban con una velocidad asombrosa, como pólvora; al día siguiente Martes el pueblo entero estaba ya enterado de lo que había sucedido la noche anterior en el billar de don Rafi. En lo que sí todo el mundo estaba de acuerdo, es que los patriarcas de la ciudad hablaban muy en serio, que no había duda que si algo no se hacía pronto, ellos se harían cargo de la situación, porque era intolerable la irresponsabilidad y dejadez de los que estaban obligados a dar inicio cuanto antes al montón de cosas que requería la culminación de la sagrada fiesta de toros de San Pedro. Ahora, ya la bola había empezado a rodar, ¿qué iba a suceder? era lo que todo el mundo se preguntaba. La respuesta vino casi automáticamente. Curiosamente estuvieron en la estación algunas personas que pocas veces iban a la llegada del mixto, lo hicieron el Miércoles, y se fueron reuniendo ahí inclusive antes de que el tren llegara. Los tres hermanos Velasco estaban presentes, habían venido juntos de la bella finca de la familia llamadaPinancumbe situada en el camino a Sibambe; estaba también el “arbolito” Robalito, el “chancho” Ortiz hermano mayor de nuestro amigo Aquiles. El Edmundo Guerra, el Holger Enderica, uno de los Herdoiza y otros. En fin, la crema y nata de la juventud alauseña curiosamente se había dado cita en la pequeña estación, y todo el mundo estaba pendiente de lo que iban a decir.

 

Se podría decir que ese sitio tan estrecho era como una caja de resonancia; habría que hablar en un verdadero susurro para que no se oyera una conversación, menos aun si el grupito de pedantes amigos no tenía el más mínimo deseo que lo que estaban diciendo quedara en forma reservada. Uno de ellos empezó por decir: “esos viejos anticuados han estado diciendo cosas donde el Rafi anoche, como siempre son tan apurados, y nos culpan de inacción, es intolerable lo que andan diciendo esos fósiles”, bueno “no hay que ser tan duro con ellos, dijo otro, hay que tomar en serio sus amenazas de actuar ellos por encima de nosotros, si no nos apuramos” el tercero intervino “y son muy capaces de hacerlo, Uds. saben lo testarudos que son”. El Nelson Velasco, hijo, era quizás el más sereno y mejor pensante en el grupo, así que decretó la mejor de las soluciones, y lo que todo el mundo en la estación quería oír: “bueno, mejor será que dejemos de hablar y le pidamos al Bolívar que nos preste la Lira para reunirnos esta misma noche y empecemos a organizarnos”.

 

Don Bolívar Guerra era el Director Artístico de Alausí, en forma extraoficial porque nunca fue nombrado como tal y nunca recibió una remuneración por todo el esfuerzo que puso por su querida ciudad. Era una combinación de todo: organizador, director de eventos, músico, bohemio. Y sobre todo era un soñador. Había fundado un centro artístico al que le dio el inspirado nombre de La Lira Alauseña. Ahí se reunían ocasionalmente un grupo de otros bohemios lugareños a hacer música, a ensayar algo de poesía, a tratar un poco de presentaciones artísticas. Era el centro natural de reunión cuando había que discutir algún asunto de vital importancia para Alausí cedido siempre con todo entusiasmo por don Bolívar y con la positiva participación de él para cualquier cosa que concerniera a la querida ciudad. Si habría que nombrar a un alauseño de verdad, decididamente Bolívar Guerra estaría entre los primerísimos. Y con su hermano Edmundo, ¿o era medio-hermano? formaba un dúo de acompasadas guitarras, inigualable para interpretar los mas sentidos pasillos ecuatorianos. Un par de muchachas que ahora no me acuerdo cual era la verdadera relación de familia con don Bolívar, también cantaban lindísimo, lo hacían bajo el nombre de Las Hermanitas Campao. En fin, se podría decir sin temor a errar que era toda una familia de entusiastas bohemios. Otra familia que con gran suerte enriquecían la vida de la pequeña ciudad.

 

Y por supuesto don Bolívar estuvo más que gustoso de abrir las puertas de su centro artístico para la solemne reunión de esa noche. El salón no era muy grande que digamos, y estaba copado totalmente con todo lo que tenía alguna significación en Alausí, menos los patriarcas que prudentemente se abstuvieron de ir para dejar ahora sí que los jóvenes al fin se empiecen a mover, de todas maneras ya ellos habían hecho su parte, es más, tomando la extraordinaria medida de salir dos noches antes, con peligro de coger hasta un “entuerto” en el frio de la noche. Nadie podía faltar a la trascendental reunión, y nosotros: el grupito de “guambras” sólo teníamos que conformarnos con estar afuera del centro, en medio de un montón de personas. Las mamacitas habían colaborado comprensivamente al dar permiso para que sus hijos se queden unpoquito más tarde afuera esa noche, ¿o no sería que ellas también estaban ansiosas de oír por boca de sus hijos lo que se había resuelto? Hasta el clima había colaborado, no estaba nublado ni lloviznaba, como solía hacerlo todas las noches en esa época del año. Los pocos “monos” que todavía estaban en Alausí no eran sino espectadores curiosos de lo que estaba sucediendo; era principio de Abril, antes de la Semana Santa, solamente después de la Semana Mayor es que todos los afuereños regresaban a sus tierras.

 

La sesión de lo más prominente que había en Alausí para entonces discurrió sin mayores problemas, es que cuando los alauseños se ponían a trabajar por su pueblo, lo hacían de verdad; su querida ciudad estaba ante todo, la fiesta de toros que la había de poner alegre y feliz era lo primordial en la mente de todos ésos jóvenes, que solamente unas horitas habían aparecido ante los ojos de sus coterráneos como irresponsables y sin un fin definido. Hasta prudentemente habían invitado al Padre Estrella a la reunión, ése cura era el párroco de la ciudad, y por supuesto tenia directa injerencia en las fiestas, porque en si era una celebración cristiana, era el día de San Pedro, el patrono de la ciudad. Ahora metódicamente se dedicaron a lo primero: a nombrar un Comité de Festejos que se debía encargar de todos los aspectos de la fiesta, y por supuesto, el director que lo iba a gobernar; fué casi natural que la responsabilidad cayera en el Nelson Velasco, el que denotaba mayor liderazgo y sentido común entre todos sus amigazos. Enseguida nombraron los que se iban a encargar de los diferentes aspectos de la compleja fiesta, y así mismo fué solo natural que don Bolívar Guerra se tendría que encargar de la parte artística con amplias atribuciones para que cumpla su cometido de la mejor manera posible, él es el que tendría que presentar la obligada Velada de Gala, usando toda su imaginación para que éste año sea mejor que la del año pasado. Bueno, el problema inmediato era conseguir los toros para las fiestas, eso era lo primordial, ése era el verdadero espirito de San Pedro, simplemente todo estaba centrado en los tres días de “Corrida de Toros” que se le proporcionaría a la ciudad; en esencia, sin los toros no había fiesta. Aquí sí que las discusiones fueron largas y algo acaloradas sobre a quién pedir los toros y por supuesto, se dijo, quien más podría ser sino don Nelson Velasco, padre de los tres Velasco que formaban el Comité, dueño de una inmensa hacienda, que se llamaba Juval, que se extendía por los Andes Orientales desde Achupallas, al este de Alausí, hasta bien entrado el Oriente ecuatoriano, y era alauseño de sepa. Ah….no dijo Nelson, “yo he oído a mi padre repetidamente decir que estaba cansado de dar los toros año tras año, que éste año ni se atrevan a pedírselos, a mi me parece que está algo resentido porque la Comisión que fué donde él el año pasado no la trató con el debido respeto” “éle ya ven, dijo otro, hay que teneesr mucho cuidado con la comisión que se nombra para issr donde esos señores, carajo”.

 

Esos señores dueños de ésas inmensas haciendas pertenecían a una clase especial, permanecían altivamente recluidos en sus dominios, raramente se los veía en la ciudad, quizás solamente de paso cuando viajaban a algún sitio, que era ya sea Quito, o fuera del país, generalmente a Paris al imán donde se iba para entonces, y más para recibir algún tratamiento médico. A veces tenían más de una inmensa hacienda, que la habían recibido en heredad, y se alternaban entre una y otra para vigilarlas; se trasladaban entre sus propiedades o las pocas veces a Alausí siempre a lomo de unos soberbios corceles. Don Nelson bajaba de sus haciendas, montando siempre un magnífico ejemplar, rodeado de sus subalternos también montando caballos, para pasar unos días en la preciosa finca llamada Pinancumbe que tenia al otro lado de La Caída en el camino a Sibambe, con su esposa y sus tres hijos, cuando éstos también estaban en Alausí. Don Nelson era el dueño y señor de sus dominios, él era el propietario de todo lo que en ellas existía: casas, acémilas y vidas; nada ahí se movía sin su permiso, él daba o quitaba, aprobaba un matrimonio, impartía justicia, y hasta enterraba a un muerto pronunciando las exequias finales. A veces algún mal informado cuatrero se decidía a tratar fortuna en una de sus propiedades, con el grave riesgo de que lo encuentren día después, descabezado en algún barranco, con la tácita aprobación aun de la policía porque les había ahorrado de un trabajo. Y era un altivo señor, a quien sólo se le podía hablar con un respeto absoluto cuidándose de no alzar mucho la voz a un tono indebido.

 

Pero la excepción era don Julio Teodoro Salem, un caballero, mejor dicho un patriarca, que había recibido en herencia una multitud de haciendas que casi cubrían toda la Provincia del Chimborazo a la que pertenecía Alausí, pero que había dedicado su vida a la política, y por eso mas vivía en Quito donde estaba el centro del poder. Se podría decir que era un Senador vitalicio en representación de la Provincia. Visitaba sus haciendas ocasionalmente, las que le iban quedando, porque sostener la política requería ingentes gastos, mas aun seguir siendo Senador le costaba posiblemente una hacienda para cuando venían las elecciones. Don Julio Teodoro tenía otra debilidad, a más de la política: le gustaba proporcionar los toros para las fiestas patronales de los pueblos de su Provincia, o quizás ésa era su manera de congraciarse con los que tendrían que votar en su favor. Lo cierto que para ésas ocasiones discretamente mandaba recado que iba a estar en tal o cual hacienda, hasta tal o cual día, y que mejor debían apurarse, porque después iba a regresar a Quito a su mundo del Poder y mando.

 

Y por supuesto en la asamblea de esa noche en la Lira Alauseña inmediatamente surgió don Julio Teodoro como el seguro donante, e ipso-facto se procedió a nombrar una Comisión más apropiada ésta vez porque el gamonal sí que era de una susceptibilidad extrema, había que tratarlo con mucha delicadeza y tacto, no sea que pierda la calma y mande a todo el mundo a rodar y ahí sí que no había a nadie más para pedirle los toros. Tendrían que ir a la hacienda arriba de Tixán donde estaba don Julio Teodoro, como a cuatro horas a lomo de sus caballos. Se nombró a cuatro delegados, entre los que no podían faltar dos Velasco: el Nelson y el Leoncio, el “chancho” Ortiz y el “arbolito” Robalito completaban el cuarteto. Pero algunos debatieron la prudencia de incluir a los Velasco en la comisión, argüían que entre don Julio Teodoro y don Nelson había cierta rivalidad, y que en cuanto el magnate vea a los guambras Velasco iba a sentir cierto resquemor, iba a preguntar qué porqué ahora si le pedían los toros a él, cuando en los años anteriores se había preferido a don Nelson, ésos celos de grandeza siempre estaban latente entre los poderosos. Pero el Nelson se impuso diciendo que él sabía cómo tratar a don Julio Teodoro, “al viejo ése, arguyó irrespetuosamente, se le habla de la política local, nacional, internacional y hasta espacial, y se lo mete uno en el bolsillo, estén seguro que yo voy y vengo con la promesa de los toros”. Ahora, había otro problemita, don Julio Teodoro sólo bebía el más fino whisky, y difícilmente se ajumaba, así que había que ir donde él bien, pero bien aprovisionado; ja….y el dinero para proveer a la delegación, ¿de dónde iba a salir? El Comité recién se había formado ésa noche y todavía estaba acéfalo de fondos. Ah….pero Alausí era Alausí, sus hijos no le podían fallar, inmediatamente empezaron a vaciarse muchos bolsillos, inclusive con la promesa de “verass….me cogiste “bajo” esta noche, esto nomás tengo, pero mañana te prometo más” hasta salieron una o dos señoras a requerir el apoyo monetario de los que estábamos ahí pendiente de los acontecimientos. Pudieron recabar algo, aunque a nosotros los guambras ni nos miraron, ¡qué nos hubieran podido sacar! Había urgencia, pues era Miércoles de noche y don Julio Teodoro había mandado a decir que sólo iba a estar en Tixȧn hasta el Domingo, pues el Lúnes empezaba en Quito la reunión del Senado y el adusto Senador no podía faltar ni en sueños.

 

Todos presenciamos el Viernes cuando partían los cuatro comisionados montados en sus magníficos caballos, llevando las esperanzas de todos los alauseños de que su misión iba a ser un éxito, nada era seguro porque se sabía que don Julio Teodoro era algo voluble, y que cualquier aptitud o palabrita mal dicha o interpretada lo podían cambiar fácilmente de carácter y el desastre seguramente se produciría, simplemente no habría toros para las fiestas. En sus alforjas llevaban también algunas botellas del mejor Johnny Walker Red, el más fino whisky que sólo se encontró en la gran tienda de don Víctor Andrade, papá de mi buen amigo Héctor, eran las únicas cuatro botellas que tenia, dos las vendió al fio al Comité, las otras dos las cedió en beneficio de la fiesta. Y el señor Manrique, papá del “mono” amigo nuestro, también colaboró con algunos quesos y jamones de los que se sabía gustaban sobre manera a don Julio Teodoro. Iban bien aprovisionados para cumplir con el cometido, aunque muy seguro era también que don Julio Teodoro respondería con su proverbial largueza, mandando a matar un puerco bien gordo para festejar con mucha “fritada” y “hornado”a los guambras comisionados. Y como era de esperarse, enseguida el gamonal notó la presencia de los dos Velasco y en forma medio burlona y de buena gana dijo “que hacen pues estos dos guambras aquí, qué, ya el Nelson ni toros tiene, y manda a sus dos hijos a pedírmelos. Debe ser que los ha vendido todos carajo, para pagar las deudas que tiene, ja….ja” “no, no don Julio, nosotros venimos por nuestra cuenta, si nuestro padre sabe que estamos aquí de seguro que hasta nos deshereda, ja….ja”. Bueno, así empezó la misión en buen tono, y lo que siguió fueron dos días de beber, comer y volver a beber; momentos matizados con muchos “cachos picantes” para destornillarlos de risa, muchos comentarios políticos cuidándose de no decir nada en contra del partido Liberal Radical al que pertenecía don Julio, de muchos chismes locales, y de un sinfín de partidas de “40” cuidándose también discretamente que don Julio mas gane que pierda. Casi al final del segundo día es cuando el Nelson casi como que no decía nada le pidió los toros a don Julio, pero “verá don Julio, mandarános unos buenos toros, de ésos que sabemos Ud. tiene arriba en el páramo, cosa que las Corridas sí sean de las buenas, dignas de sus sementales, y desde ya lo invitamos respetuosamente que nos honre con su presencia para San Pedro”“ay…. guambra, buen hijo del Nelson eres tú, algún día vas a ocupar dignamente su puesto, claro que mañana mismo voy a hacer que el chagra ése que tengo de mayoral vaya arriba a buscar a unos animales y que desde ya acorrale unos toros salvajes, les voy a mandar los mejores” ”don Julio, pero Ud. no nos puede fallar, la fiesta no será nada sin su presencia” “ay….guambra, halagador eres, vas por buen camino, ya veré si puedo estar en Alausí con Uds. tú sabes, el jodido Senado ése, pero aunque sea en espirito estaré ahí, pero verás, dile al viejo ése de tu padre que se deje de estar como un ermitaño en Juval, que se civilice alguna vez y vaya por Quito para que hablemos de los viejos tiempos con unos buenos tragos. Y vos, tú crees que yo soy pendejo y no noté que hasta te dejaste quedar “zapatero” por mí en el “40”, buen político eres, tienes futuro, vente un día por Quito a trabajar conmigo, a hacer cosas grandes por la patria”. “Gracias por su invitación don Julio, sí sería un gusto trabajar con Ud. aunque sea como mensajero ja….ja…no don Julio, Ud. es tremendo cuarentero, me ganó bien”.

 

El regreso de la comisión fue triunfal, tenían que repetir una y otra vez al detalle todo lo acontecido en la reunión con don Julio Teodoro, hasta los “viejos” caballeros que habían dudado tanto de ellos se acercaron a conocer como había sido todo el acto, a felicitarlos, y a comparar lo que habían hecho con las cuantas veces que ellos habían tenido la oportunidad de actuar igualmente. No menos conmocionarte fue el informe oficial que dieron al Comité. Ahora, que ya los toros para las corridas estaban graciosamente conseguidos, había que ponerse a trabajar en firme para todo lo que se tenía que hacer por las fiestas de San Pedro y las Corridas de Toros en Alausí; ahora, lo que se necesitaba urgentemente eran fondos para los muchos otros acontecimientos que habrían en la fiesta. Y aquí nuevamente Alausí estuvo a la altura de tener los mejores hijos que se podía desear; las altivas damas de la ciudad salieron a recolectar dinero en la ciudad, fueron de puerta en puerta de negocios y con sus dulces modales consiguieron que los dueños cooperaran “no pues don Víctor, decían, solo eso es lo que puede dar? pero si don Roberto nos ha dado casi el doble, y ofrece más para el futuro, Ud. tiene que igualarlo, que vergüenza si se sabe que Ud. no ha estado a la altura de su vecino” y así. Discretas visitas a los Naranjo, a los Serrano o los Garzozi no se hicieron esperar, y aquí si hubo dinero de verdad, eso sí con la promesa de que se mantenga anónimo. Por supuesto la aportación mayor vino del Municipio, cuando el Nelson habló largamente con el Presidente del Consejo y otros Personeros del Municipio, para recabar la intervención ahora si total del máximo organismo que dictaba los destinos de la ciudad. Ahora sí todo era totalmente oficial y no había sino que dejar que los acontecimientos sigan su curso, armonizando con el Municipio todo el programa de festejos. Trabajaban como poseídos resolviendo esto o aquello en los variados problemas que se presentaban a diario.