"Una fiesta Cerquita del Cielo"

Capitulo 2

Se venia el Carnaval, narrada por: Victor H. Acuña

Por la segunda parte del mes de Febrero, es cuando se celebran las fiestas del rey “Momo”, el Carnaval.

  A mediados de la temporada de vacaciones de los “monos”, por la segunda parte del mes de Febrero, es cuando se celebran las fiestas del rey “Momo”, el Carnaval. Es cuando los vacacionistas y casi todo el mundo en Alausí se volvían medio locos. Y no digamos solamente en la pequeña ciudad sino en el Ecuador entero. Fiel a una inveterada costumbre los Carnavales se celebran en el país mojándose todo el mundo, si señores, las personas se encharcan con agua unos a otros; cuándo y cómo se originó la curiosa práctica nadie tiene la más remota idea. En la señorial ciudad capital Quito, en el gran puerto Guayaquil, en todas las ciudades y pequeños pueblos del Ecuador, por los tres días de Carnaval las personas procuran mojarse unas a otras. En otros sitios como por ejemplo en Rio de Janeiro la gente celebra el Carnaval con bailes y desfiles de disfraces, en el Ecuador y creo que también en algunas partes de Venezuela y Perú el Carnaval se celebra con agua. El Gobierno Central y muchas autoridades locales han querido suprimir la singular costumbre, amenazando con duras penas a los contraventores, y han sacado la policía y hasta el ejército a reprimir la “bárbara” costumbre; lo que han conseguido es que de todos los balcones les lancen baldes de agua hasta encharcarlos totalmente, al final, hasta los policías y soldados han participado en la mojadera! Es que antes de ser “chapas” (policías) o soldados esos miembros del puro pueblo habían participado entusiastamente en el juego de Carnaval. En años posteriores y en ciertas ciudades como en Ambato se ha podido minimizar en algo el acto, con festivales y bailes. Pero para la época en Alausí empezaba la mojadera algunos días antes de la fecha del Carnaval; de repente empezaban a volar de un extremo al otro del estrecho andén de la estación de ferrocarril nubes de “globitos” llenos de agua a la hora del arribo de los trenes mixtos. Unos muchachos hacían su agosto vendiendo unas vejigas de fino caucho llenas de agua que las traían en unas lavacaras, los “globitos” eran de regular tamaño, como para que quepan en una mano; “irás haciendo la cuenta” le decía el entusiasta joven ensimismado en lanzar los “globitos” al otro extremo del pequeño recinto. Los tres días propios del Carnaval, Domingo Lúnes y Martes, es cuando todo el mundo mojaba a cualquier persona que se haya arriesgado a salir a la calle, lo hacían impunemente; las personas que no querían o les gustaba someterse a la “mojadera” como por ejemplo los aristócratas Naranjo se iban a pasar esos días en su retiro “La Primavera” que quedaba alejado de Alausí.

 

Y ahora sí que de verdad se volvían loquitas las “monas”, no me explico cómo podían permanecer encharcadas con la fría agua de Alausí; desde los balcones lanzaban baldes de agua a cuanto transeúnte pasaba por ahí; los “galanes” del pueblo se acercaban al pie del balcón para lanzarles gentilmente “globitos” tras “globitos” de agua, el “juego” era que ellas debían recibir los proyectiles en sus manos procurando que no se revienten y las moje, para entonces retornarlos con deliberado impulso al galán ahí abajo tratando de mojarlos. Y así, caminaban los “guambras” de balcón en balcón para repetir el juego con las entusiastas “monas”, seguidos por el conjunto de vendedores de globitos; la frecuencia y duración de las “visitas” las determinaba la belleza e importancia de las vacacionistas, las “monas Descalzi” se llevaban las palmas de los “longuitos” alauseños, que se gastaban lo que tenían y no tenían para darse el gusto de mojarlas pero galantemente; sólo unas pocas locales como las más “liberadas” Cattani participaban en el juego de Carnaval. También era parte del juego del Dios Momo, embadurnar con perfumado talco blanco las caras de algún desprevenido transeúnte. Eran tres días completitos de locura que solo terminaban el Martes bien tarde. El Miércoles todo el mundo iba a la iglesia muy contritos a recibir la ostia expurgatoria, y ser untado en la frente con ceniza, en obediencia al precepto religiosos que reza “del polvo viniste y al polvo retornarás”

Y ante todo, ¿qué es eso de “monos” y “longos” que tanto menciono aquí? Señores, todo habitante de la costa ecuatoriana, ya sea de Guayaquil, Milagro, Babahoyo, etc. era automáticamente un “mono” en cuanto pisaba las alturas de la serranía ecuatoriana. Todo habitante de la serranía era un “longo” sin importar su condición social. Era como se venían llamando desde tiempos inmemorables los dos grupos, unas veces cariñosamente y otras no tan amablemente. Y qué lindas eran las “monas” Descalzi, madre e hijas, alegres, dicharacheras, desenfadadas que año tras año iban a vacacionar a Alausí, a competir con las no menos lindas, rosaditas, aunque discretas hermanitas Cattani de la localidad. Y que me dicen que el autor de éstas líneas nunca dejó de ser “mono” por ser nacido en Guayaquil, aunque fué llevado a Alausí de cómo tres años de edad, donde vivió hasta ser adulto, donde vivió todos los momentos que estoy transcribiendo aquí, y que hablaba el castellano local de forma más “longa” que los mismos legítimos “longos” alauseños, arrastrando las eses como un auténtico, e intercalando la expresiones “éle” o “él pess” cada diez palabras. Qué cosas tiene la vida.

 

Ahora, una cosa curiosa y en cierta forma lamentable sucedía en Alausí por la época en que está situada ésta historia. Una vez que los niños pobres alauseños terminaban su educación primaria hasta ahí llegaba la escuela para ellos, no habían otros centros de educación en la ciudad para entonces. Esos niños crecían y llegaban a su pubertad en un completo abandono, algunos aprendían algún oficio trabajando como aprendices sin paga con un maestro carpintero o sastre. Unos cuantos iban a trabajar en la pequeña chacra o haciendita familiar o la de algún tío ya equipados con el poco conocimiento de cómo sumar, restar o dividir y por supuesto leer y escribir con alguna dificultad. Otros vagabundeaban en el pueblo hasta tener sus 17 o 18 años de edad y salían del sitio, se iban a otros lugares en busca de nuevos horizontes; unos cuantos afortunados entraban a trabajar en el mayor empleador que era la Compañía del Ferrocarril para lo cual tenían que esperar hasta tener 18 años de edad de todas maneras y ahí sí hacían una carrera de verdad. A muchos esa edad les servía para enrolarse en las fuerzas armadas o de policías. Era una situación muy triste para tanto joven disputándose los escasísimos lugares de trabajo que había en la ciudad. Pero esto acaecía solamente entre la gente pobre; los adinerados, los “gamonales” del lugar estaban divididos en dos facciones nítidamente alineadas: los Cattani, los Naranjo, los Riofrío, los Ortiz, los Serrano, mandaban a sus hijos a Riobamba y mejor aun a Quito a continuar sus estudios. Los Velasco, los Guerra, los Robalino, los Guerrero, los Arboleda optaban definitivamente por el imán de los imanes: Guayaquil, para preparar a sus hijos para la vida. El resultado era hasta risible, los de Riobamba y Quito regresaban mas “longos” que nunca, pero “longos” odiosamente pedantes. Los de Guayaquil habían adquirido entusiastamente la ciudadanía guayaquileña y regresaban totalmente olvidados de arrastrar las eses y peor aun usar el “éle” o el “elé pess” cuando hablaban. Qué cosas no.

Aunque siempre hay que hacer alguna salvedad en todas las circunstancias. Alausí era afortunado en tener una de las familias más progresivas y trabajadoras que se pueda dar, una de las familias más auténticamente alauseñas, un grupo familiar con completa fe en su pueblo, con amor humilde y callado para su terruño. Qué suerte tenía Alausí en poseer la familia Lemache. Claro que despectivamente muchos los señalaban a los Lemache como unos ordinarios carameleros, y sí que eran carameleros, pero carameleros de avanzada. Poseían la única fábrica de caramelos y dulces de la ciudad; en la Calle Larga estaba situada la gran tienda de venta y distribución de sus productos, artísticamente arreglada con mucho atractivo e imaginación; tenían otros puestitos de venta en sitios estratégicos de la ciudad que hacían gran negocio especialmente en los días festivos y por supuesto no podía faltar uno en la plaza del mercado los días Domingo de feria. Eran completamente progresivos en su negocio, siempre estaban creando nuevos sabores, o nuevos diseños para sus almibarados productos. Una de las cosas que más me gustaba era la paleta para chupar, así como son los helados en palito, pero esto era un riquísimo caramelo de varios sabores y colores que venía en un palillo, y que todos los chupábamos con mucho deleite. Me parece que también eran dueños de una fábrica de aguas gaseosas, que embotellaba un jugo creado por ellos en ésas botellas con una bolita en el pico que las habían traído quizás de Quito o Guayaquil. Trabajaban de sol a sombra todos, todos los hijos, yernos y nueras, y con los años seguramente hasta los nietos. El fundador de la estirpe era el ser humano más callado, digno y humilde que he conocido, debe haberse llamado Juan. Prolíficamente fue procreando un hijo por año, ¿o fue puro cálculo? Lo cierto que cumplidamente mandó a todos sus hijos a las escuelas de niños y niñas, a aprender lo estrictamente necesario: a leer, escribir y la aritmética; y luego a trabajar fueron todos. Todos, todos, hasta los niños de edad pre-escolar, de 4 o 5 añitos de edad, se juntaban a sus hermanitos uno o dos añitos mayorcitos que ellos a envolver diestramente, con sus finos deditos, los caramelos y chocolatines en papelitos de diversos colores. Como los Lemache no sabían mucho de gramática española parece que nunca llegaron a aprender el significado del adjetivo ocioso o el substantivo ociosidad. Jamás se supo que uno de ellos, que algún Lemache haya estado enredado en algún lio no muy claro. Ellos y ellas se fueron casando con auténticos alauseños, y a ninguno se le ocurrió abandonar el querido terruño, estaban siempre muy ocupados para ni siquiera pensar en hacerlo. Bendita familia, ¿cuántos Lemache serán ahora? Posiblemente el modernismo de éstos tiempos los ha hecho extenderse quizás a otros continentes, algún inquieto Lemache que vendría a ser de 4ª o 5ª generación puede haber salido a ver mundo, y en España o Italia simplemente ha puesto en práctica lo que él lleva en la sangre, con gran éxito es un caramelero en ésas tierras.

continuara...