Diarios de Viajes

Una aventura por la Nariz del Diablo

Riobamba

El sonido de la bocina altera la tranquilidad del domingo soleado en Alausí. Son las 11:10 y un autoferro parado en la estación, construida en 1901 y que ahora luce remozada, calienta el motor antes de descender por la vía férrea hasta la Nariz del Diablo.
Los 38 pasajeros son franceses, españoles, argentinos e ingleses. Están equipados con cámaras, impermeables, mochilas...
Marco Santillán, administrador de la estación, advierte a los turistas que en 10 minutos se iniciará el viaje por las montañas andinas.
Los madrileños Belén González y Juan Castelón se embarcan emocionados en la unidad 97. Una voz suave se escucha por los parlantes.
Es Catherine Álvarez, guía, quien explica en inglés y español cada uno de los lugares por donde cruza la máquina
"Es fantástico mirar los paisajes y conocer esta ruta, que es rodeada de precipicios que estremecen", dice González, una cineasta española.
En los primeros 5 km, de los 11,5 kilómetros que tiene el tramo, el autoferro se detiene. Álvarez, con su mano derecha, señala la punta de la montaña. Los lugareños bautizaron a la elevación como La Nariz del Diablo. Cuenta que unos 4 000 jamaiquinos murieron en la construcción de este tramo y que desde su edificación, los durmientes y los rieles se mantienen intactos.
3 kilómetros más abajo empiezan los 800 metros de un vertiginoso descenso en zigzag. Luego, el autoferro pasa cerca de la antigua estación que fue restaurada el año pasado. Allí funciona una cafetería, administrada por los indígenas de Nizag. El turista también disfruta del pan de casa. A las 13:00, la bocina suena otra vez y los viajeros retornan al autoferro.
elcomercio.com.ec

LLegada a San Pedro de Alausi

Alausí, Ecuador - viernes, 25 de diciembre de 2009

Hoy a las 9 ha tocado el despertador.
Hemos bajado a desayunar y así terminar con las previsiones que teníamos, 5 huevos, tomates, y pepinos.
Me he puesto a freír los huevos mientras David hacia la ensalada, pero en cuanto eche el primero a la sartén se quedó clavado en el fondo, al intentar despegarle le rompí entero, así es que eche todos a la sartén y salio algo parecido a unos huevos revueltos.
Mientras el recogía todos los trastos, yo me fui corriendo en busca del propietario del hotel Marcelo, pues le había conocido a poco de llegar y me había invitado a conocerle y tomar allí un café, como se lo había prometido y no había podido ir antes, no quería irme sin despedirme y además había sacado una foto a su hija y quería dársela.
Después de cruzar el pueblo, cuando llegue allí no había nadie, solo una persona que no sabia nada de lo que le preguntaba, intente descargarle la foto de su hija en el ordenador, pero le tenían apagado.
Como ya se me hacia muy tarde pues el autobús salía en 20 minutos, le pedí que me diera los precios de sus habitaciones y así poder publicarlos (pues es el mejor hotel del pueblo) y tampoco los sabia, menos mal que yo vi por allí la lista y los apunté.
Salimos medio corriendo cargados con las mochilas y a las once menos cinco llegamos a la estación de autobuses. A los diez minutos salíamos de Baños.
En la estación conocí a un par de jóvenes australianos de Adelaide, que iban a viajar por aquí 10 semanas y pasamos el viaje hasta Riobamba charlando.
En Riobamba cambiamos de autobús y otras dos horas hasta Lausí.
El camino lo hicimos bien, pero al estar la carretera en la parte alta de la montaña había en algunos lugares mucha niebla.
Llegamos sobre las 3.30 de la tarde, encontramos el hostal cerquita de la estación, y después de negociar el precio de la habitación que se nos quedo en $5 cada uno al día, nos fuimos a conocer el pueblo.
Alausí solo tiene unos 5000 habitantes, y lo único turístico que tiene es la parte bonita del recorrido por donde pasa el tren turístico de la Nariz del Diablo, y un pequeño parque con una estatua de San Pedro que desde arriba se ve todo el pueblo.
Después de darle un par de vueltas, nos metimos a comer o cenar pues ya no sabemos ni que es, a un pequeño local que sirven comidas locales.
Después dimos otro par de vueltas viendo lo que por allí había, incluyendo la procesión de niños imitando al Belén, ya que hoy es Noche Buena.
A las 6 de la tarde fuimos en busca de un Cyber para poder llamar a casa, y pregunte a la que allí estaba cuidándole, el precio de las llamadas a España, ella me dijo que sobre unos 15 0 20 centavos al minuto, normalmente vale a 10 centavos, pero como la dije que me aclarase si era a 15 o 20 y seguía sin aclarármelo, decidí que aun así y todo llamaría, pues era Noche Buena y estaban esperando la llamada.
Yo veía que un marcador que hay dentro de las cabinas iba a toda marcha, pero tampoco me fije mucho, cuando entro David y yo Salí, la dije que me parecía que el contador iba muy deprisa y no me hizo mucho caso.
Al terminar de hablar David y decirme que en total habíamos hablado 19 minutos y marcaba casi 11 dólares, la volví a cuestionar, pero ella no estaba muy interesada en responder, solo en seguir viendo la televisión.
Eso ya me encendió y la puse a parir a la niñata de dios.
La dije que ahora no la iba a pagar nada más que la mitad o si se ponía tonta nada, y si no estaba de cuerdo que llamase a la policía.
Como parece que se asusto y me dijo que solo eran los 60 centavos del uso de Internet, yo la pague la mitad de la llamada a España un total de 5.20 dólares.
Como ya era de noche y creíamos que cerrarían todo y ya no podríamos cenar nada, nos fuimos a comprar unas provisiones.
Cuando ya nos volvíamos al hostal, pensé que seria mejor ir a otro Cyber y desde allí comunicarnos con casa, ya que había salido con mal sabor de boca anteriormente por el poco tiempo que habíamos estado hablando antes.
Nos metimos en otro Cyber y aunque son todos iguales, que o no lo atienden bien, o no funcionan la mitad de ellos, o no tienen letras en los teclados, al final estuvimos mas de dos horas chateando a través de la cámara con ellos, pero sin voz.
Después en el camino al hostal, nos enrollamos con unos de una tienda que también venden cervezas y cantando con una guitarra, y allí estuvimos mas de una hora hablando, estaban casi todos ya cocidos, después de hacernos amigos íntimos, nos despedimos y para la habitación.
Yo un poco de televisión (canal historia) y me dormí.

Escribe Trotador55

ALAUSI: EN LA PROPIA NARIZ DEL DIABLO

Antes de subirlo, el temor impone una detenida inspección de ese Mercedes Benz con forma de caramelo desenvuelto...


La boletería del Ferrocarril en Alausí semeja la oficina de un sheriff del viejo Oeste: escaleras de madera, un telégrafo en desuso por el que alguna vez el propio Eloy Alfaro debió averiguar cómo marchaba su magna obra; ventanas por donde se divisan rieles culebreros sin destino conocido y, para completar la estampa, un nutrido séquito de luengas figuras de blonda cabellera hablando en distintos idiomas, pero con un solo objetivo en común: conocer la peligrosa Nariz del Diablo.

Antes de subirlo, el temor impone una detenida inspección de ese Mercedes Benz con forma de caramelo desenvuelto: es totalmente anaranjado, ha sido acondicionado sobre las ruedas de tren, !no tiene volante!, solo un panel de múltiples botones y un maquinista menudo que lo hace roncar para animarlo. Así, con poco convencimiento de nuestra seguridad, lo abordamos.

Para asombro de todos, el autoferro inicia su recorrido de retro, descolgándose por la avenida Eloy Alfaro despacio, como si su misión fuera la de mostrarnos esa ciudad de balcones cerrados y casas de madera centenarias. Avanzamos unas cuatro cuadras en reversa; después, un oficial se baja presuroso y cambia la dirección de los rieles tras maniobrar una palanca oxidada. Ahora sí, para adelante, nuestro trayecto va tomando forma al pie de cerros no tan grandes, de escasa vegetación y ubicados por la naturaleza a lo largo del perímetro urbano con la sola misión de conectar al viajero con las cordilleras y precipicios subsiguientes.

A menos de 60 kilómetros por hora, sin frío acompañante, el autoferro sube por pequeñas laderas desde donde es posible divisar el río Alausí siguiéndonos la huella desde abajo, una vegetación escasa adornada con persistentes florecitas amarillas y los durmientes atravesados sobre los rieles que nos llevan a nuestro destino en medio de la admiración de los extranjeros. Todos, sin excepción, quieren sacar la cabeza para hacerle su mejor foto al paisaje y llevarse un pedazo de nuestro país en sus mochilas.

Definitivamente, no hace falta saber inglés ni ningún otro idioma para descifrar frases espontáneas como “¡All is wonderful!, ¡amazing!, ¡very exciting!”.
Hemos avanzado ya una media hora, cuando llegamos al sitio Culebrillas. El maquinista -que se la ha pasado casi todo el viaje pitándole hasta a los pájaros- hace un alto,  porque desde allí el “Diablo” ya parece habernos olfateado: su nariz se exhibe en todo su esplendor, apuntando directamente al infinito y formando una especie de escuadra celeste en juego con otros cerros. Entonces nos bajamos  a contemplarla, a saborear su historia de cerca y hasta a perdonarle, por su imponencia, todos sus pecados.

Repentinamente, y sin que nadie lo sospeche, el autoferro se detiene y da marcha atrás; algunos, por la maniobra inesperada, se paran sobresaltados  de sus asientos y otean por la ventana arrepentidos de no haber firmado seguros de vida... No, no es que se le acabó el combustible ni que se fueron los frenos; no hay  peligro, simplemente, es preciso “regresar” unos cuantos metros para seguir por otra  vía férrea.

Nuevamente el maquinista realiza el cambio de rieles y nos vamos de bajada, en un zig-zag  de impredecibles consecuencias, directo hacia Sibambe, el pueblo -mejor dicho lo que queda de él- donde alguna vez el ferrocarril promovió la felicidad de todos.
De vuelta a Alausí, el maquinista como que toma confianza sobre los rieles y acelera más de la cuenta; el autoferro tiembla, no se sabe si por la velocidad o por la emoción de un grupo de viajeros del todo complacidos.

Jorge Ampuero

jampuero@telegrafo.com.ec

 

texto y fotos del diario El Telegrafo Ecuador

 

 

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